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jueves, 27 de junio de 2013

Carta 39


Cartas en Montreal XXXIX

QUE TRATA DE LAS MÚLTIPLES VISITAS QUE REALIZA AGAPO BUENDÍA A DIVERSOS LUGARES NOCTURNOS, LO QUE SIGNIFICA LA AGONÍA DE ESTA AVENTURA.


Es el puerto de Montreal el lugar que más me ha gustado de esta ciudad. El sitio en donde me he refugiado para escribir, a pasar tiempo a solas bajo la sombra de este árbol tan apartado de los demás. Este lugar permite una panorámica magnífica: de los barcos, de la gente, del río, del cielo y de la antigua ciudad. Es en este lugar en donde me encuentro ahora despidiéndome. Diciendo adiós a Montreal.

Desconozco cuándo podré volver a este mi lugar. Le digo con tristeza adiós a esta nueva ciudad mía. ¿Cómo pasó el tiempo tan rápido? Me refiero a este viaje pero también a mi adolescencia. Regreso a Torreón y en definitiva mi vida ya no será la misma. Es hora de pagar facturas y lo que sigue será simplemente ser adulto, así se ha negociado mi regreso. Buscaré en dónde vivir, forzosamente un trabajo que me mantenga y lo que decida, haga o no realice será mi total responsabilidad, mi familia ya no me puede cuidar. Tan peladote, dicen.

Está bien. Tengo 22 años y está muy bien. Regresaré a la televisión, a las transmisiónes de radio de los juegos del Santos y a mi columna en el periódico. Y a ver qué más. En definitiva seguiré leyendo y escribiendo, pero pienso que los viajes tan largos como el relatado de Toronto, Europa y este de Montreal han terminado, pues ahora sudaré en mi frente el pan que lleve a mi boca y los viajes serán menos y menores. Nombre, Adán, gracias…

Llevo cuatro días sin escribirte, mañana será de cerrar maletas y despedidas. Este es el momento que me he regalado para estar a solas con mi árbol, mi puerto y Montreal. Respiro y recuerdo. Anécdotas hubo muchas. La mayoría de ellas, creo, divertidas. Todas las compras están hechas, mi certificado de Francés en mis manos y recuerdos muy cercanos aún pasean por mi mente y me provocan reír:

Anteanoche nuevamente un vaso de cerveza se cayó de mis manos, tumbando más vasos de cerveza casi llenos que provocó un caos en la mesa de la casa blanquinegra de las españolas; Irene escuchando mi lluvia de piropos y todas las españolas como testigo de mis palabras. Al final las harté cuando comencé, de nuevo, a comparar a Irene con Penélope Cruz. Soy un simple borracho mexicano, de la Laguna, nada más, ¿qué esperaís de mí? Alguna de ellas se sorprendía que mi cerveza tuviera cada vez menos líquido, pues no se me veía beber, sólo hablar, hablar, hablar... Que si Irene, que si Penélope Cruz, que si la nariz de Irene, que, que, que…

Qué lío ha sido. Recuerdo cuando viajaba en camión, muy de madrugada, de Torreón a Monterrey para tomar a la mañana siguiente, tan temprano, el avión que me llevaría a Dallas y posteriormente a Montreal, cuando viendo por la ventana, replanteaba mi vida y me preguntaba qué había hecho, cómo había actuado para que tuviera que dejar de prisa mi ciudad en una huída y refugiarme en Canadá. Yo era bueno, había sido excelente estudiante, las maestras me querían, era amiguero, había tenido bonitas relaciones con novias, no hacía daño, me gustaba el deporte, el cine. ¿Qué había pasado? ¿Por qué la vida me ponía esta prueba tan grande? Decidí que me dedicaría a pensar, a controlarme, a respirar Canadá y a no meterme en más problemas. Que sería dueño de mis acciones. Y ahí estaban: Daniela en los primeros días, Natalia y su tan bella sensualidad, Irene y su refinamiento, Kosué como pecado original. ¿Tenía elección? ¿No es parte de vivir, del ser joven, de agradecer la existencia misma el morder frutos aunque algunos de estos sean prohibidos?

A mi las cosas me asustaban, me impresionaban, las vivía, las capturaba y luego compartía con mis palabras. Pocas cosas sabía hacer, entre ellas caminar frenéticamente. Sin duda extrañaré estar sentado aquí, en donde estoy ahora, como momento único de vida. El sol se va posando y el cielo comienza a tornarse morado.

En cualquier momento me levantaré, tomaré mi mochila y prosiguiré mi camino.

martes, 21 de mayo de 2013

Carta 18


Cartas en Montreal XVIII

QUE TRATA DE CUANDO AGAPO BUENDÍA VISITA LAS CATARATAS DEL NIÁGARA, DESCUBRE QUE LE GUSTAN LOS OSOS Y FELIZMENTE REGRESA A MONTREAL.


En el bar del hotel seguimos bebiendo y la mañana nos cobró la factura. De todos modos dormí poco por las crueles pesadillas con las imágenes de mi pasado torontino y porque Miguel y Julio duermen cuando roncan, y yo soy capáz de despertarme con el estruendoso sonido del caer de una hoja de un árbol. 

Nos despertamos a las seis de la mañana, crudos y nauseabundos logramos subir a las ocho al camión. Teníamos que salir temprano de Toronto para llegar a Niágara y así hicimos. Me despedí de la ciudad casi con alegría, como sacudiéndome telarañas, cuando siempre pensé que lo haría con tristeza y hasta con dolor. Le dije adiós a ese cementerio. Yo ya no pertenezco ahí y nunca volveré. (Ciertamente Agapo Buendía volvió a Toronto en el 2009 con su novia. Él le enseñó otra vez su antigua casa, sus calles, sus recuerdos y fue por mucho uno de los días más felices de su vida. Nota del Autor).

Dos horas de carretera que utilizamos para dormir. No me di cuenta del momento en que dejamos Toronto pero para mí era mejor, la ciudad me había herido y yo estaba molesto con ella. Por fin llegamos al pequeño pueblo de Niágara. Bajamos del camión y caminamos presurosos al mirador, pues queríamos saludar y lo hicimos con mucho asombro a las imponentes Cataratas del Niágara. Torrentes de agua cristalina, toneladas de un pequeño respiro de la naturaleza en movimiento. Caida libre con violencia. Apenas un vistazo de un pequeño soplo de Dios.  

Bajamos por un ascensor hasta llegar a la desembocadura de la catarata y de ahí subimos a un barquito, vistiendo un impermeable azul que nos regalaron. Y ahí estábamos. Las Cataratas del Niágara. Tres latinoamericanos conociendo el mundo. La catarata contemplada desde abajo es algo imponente. El agua presume cierta majestuosidad. La fuerza y autoridad de la naturaleza manifesta en enormes cantidades y salpicando miles de millones de gotitas diminutas, pero que son tantas y volando por el aire, que uno termina empapado. El barquito regresó a su punto de partida después de acercarse al límite para que tomáramos fotos y tuvimos que bajar para que otros curiosos subieran.

Niágara es pequeño pero está lleno de curiosidades. Decidimos caminar y dejarnos sorprender por nuestros pasos, de modo que nos dirigimos a su colorida calle principal. Pasamos el resto de la mañana entre museos de Ripley, de magia, de asesinos seriales, de seres mitológicos, de cine y comiendo con todo el estilo américano: hamburguesas, papas y refrescotes.

Otra vez al camión, ahora nos detuvimos en Maryland, pues sabíamos que poseé un gran un zoológico acuático. Todo me gustó, pero lo que realmente me emocionó fueron las ballenas asesinas exhibidas en peceras gigantes. Los delfines muy sonrientes; Las largas mantarayas elegantemente mortales. Tomamos un extraño sendero que nos llevó a un hábitat de osos: Nunca los había observado bien, ni siquiera en Discovery Channel. Son simpatiquísimos. Se lavan la cara con sus garras, caminan moviendo absolutamente todo el tambo, con envidiable displiscencia y se rascan la espalda con los troncos de los árboles, acción que ha de sentirse como gloria. Pasé mucho tiempo viéndolos, riéndome y volviendolos a observar. Los osos.

Antes de que anocheciera, Julio y yo subimos a una montaña rusa: hay un momento en el que se sube y baja sobre el riel en total oscuridad, uno sólo siente la inercia del cuerpo pero sin saber bien qué esta pasando. Por fin, se ve una luz y, al llegar a ésta, efectivamente es el final del túnel, pero inesperadamente siguen dos vueltas completas y mortales que me sacaron los gritos más agudos que jamás me había escuchado. Grité todo lo que no he llorado. Qué deliciosa es la adrenalina.

Después de comer y de tener una sabrosísima plática con dos mexicanas que conocimos, regresamos al camión y emprendimos el regreso con la noche encima. Me sentí muy contento y hasta extrañamente aliviado cuando entramos a Montreal. Es cierto que aún no estoy del todo arraigado con esta ciudad como lo estuve con Toronto, pero poco a poco me va ganando y el hecho de sentirme en casa al volver, ya significa algo.

¿No lo crees así?

lunes, 20 de mayo de 2013

Carta 17



Cartas en Montreal XVII

QUE TRATA DE CUANDO AGAPO BUENDÍA REGRESA A TORONTO, CIUDAD EN QUE VIVIÓ, DONDE ENCUENTRA UN LUGAR ATESTADO DE FANTASMAS.


Fue a las cinco de la mañana cuando sonó el despertador y a las siete cuando el camión arrancó rumbo al Estado de Ontario. Íbamos Miguel de Manzanillo, Julio de Guatemala y este amable y siempre meditabundo servidor.

Muy pronto llegamos a Mil Islas, un lugar que ya había visitado antes y que reviví con mucho placer: Es un extensísimo lago compuesto de tantas pequeñas islas que el lugar ha adoptado ese nombre: Mil Islas. En verdad las islas son 1865, la mayoría adopta una casa de campo e incluso en una de ellas hay un magnifico castillo. Fue un placer gélido y visual.

Mi estancia en el año 2000 en Toronto fue tan intensa, me acostumbré tanto a esta mi  segunda ciudad, fui tan perfectamente un habitante torontino, que en su momento me costó mucho adaptarme de nuevo a la Laguna. Casi cada noche soñaba con las calles, restaurantes, metro y lugares que frecuentaba en la ciudad de los beisboleros Azulejos. Llamaba seguido a mis amigos y familia adoptiva que dejé allá y ciertamente jamás pensé en volver a Canadá. Al menos no a vivir, como ahora hago. Desde que supe que viviría en Montreal, supe que en cualquier momento volvería a Toronto. Era cuestión de instalarme bien para comenzar a viajar por los arededores de Ontario y Quebec.

Sabía muy bien que si la vida me permitía alguna vez volver a Toronto, indiscutiblemente realizaría cuatro cosas con suma prioridad:

1) Regresar a aquella mi casa para visitar a mi antigua familia, los Salemmi, musulmanes, inmigrantes de Pakistán, que me adoptaron (es un decir, les estuve pagando hospedaje como ahora hago con Mr Jean) durante un año y de quien no tengo noticia alguna desde hace dos.

2) Comer nuevamente Falafél, la comida libanesa que tanto adoré, tanto me gustaba y a la que me volví adicto.

3) Comer ésos Hot Dogs que se ponen afuera del Parlamento de Toronto, uno de los alimentos más sabrosos, con sus tocinos en cuadritos y su salchicha alemana jugosa, uno de los grandes manjares que he probado en mi vida.

4) Revivir los momentos y detalles de mi vida en Toronto en medida de lo posible.

Conforme íbamos entrando a la ciudad por el freeway, sentía una indescriptible emoción interna que se intensificó al ver desde lo lejos la enorme torre de Toronto rodeada por sus rascacielos. Poco a poco nos acercamos al corazón de la ciudad y fue una grata bienvenida la que me dieron sus principales calles, tan viejas conocidas mías, en donde tanto vagabundee.

Hablé con Miguél y Julio, les dije que ya me conocían, que me disculparan, pero que tenía misiones individuales, valiosas, internas qué cumplir. Que me separaba de ellos y que los veía a la hora de cenar en el restaurante chino que ya habíamos acordado.

Así fue. Ya me estiman, saben que necesito de mi soledad y que requiero de vencer mis propios demonios. No hubo problema ni reproche alguno.

Lo primero que hice, por la ubicación en donde nos dejó el camión, fue entrar al Eaton Centre, el gran Mall de Toronto, y de inmediato apareció el primer gran recuerdo: cuando vi el McDonalds, Inma se teletransportó frente a mi como un holograma, ahí estaba en mi mente, con su eterno helado con caramelo derretido. Su favorito. Inma, la española de Islas Canarias y la gran protagonista de mis Cartas Torontinas. En ese McDonlads, donde  tantos momentos pasamos, tanto hablamos sobre el origen del universo, filosofamos sobre Dios y la vida y en donde me sentí conquistado por su piel de chocolate, su sensual acento mediterráneo y sus ojos verdes de gitana.

Seguí caminando dentro del mall rumbo a mi cine. Fue ahí en donde me llevé mi primera decepción (fueron tres), pero para mi terrible sorpresa, ya no existen. Cerrados. Vacíos. Abandonados. Ahora era un local sin nada. Ahí, en donde una de mis primeras noches vi Magnolia y al terminar la función era tanta mi emoción por lo que acababa de ver, que encontré un teléfono público que estaba dentro del cine y telefoneé con toda excitación a mi padre para contarle. Y recuerdo que fue una llamada muy emotiva porque era la primera vez que estaba tan lejos de casa, por tanto tiempo y dijimos tantas cosas. Ahí en donde vi junto con Inma, el estreno de la nueva película de Jim Carrey y pasamos la noche riéndonos en el transcurso de la película, porque los demás espectadores se reían y nosotros no sabíamos por qué estábamos riendo, pues apenas estábamos estudiando inglés y éramos principiantes, pero no importaba. Nos sentíamos muy felices. Ahí, en donde vi montones de películas solo y me entusiasmé, recordé, lloré de tristeza, de ira y de risa. Ese lugar no existe más, sólo tiene vida en mis Cartas y en mi memoria y quizá en la de Inma.

Nostálgico, dejé el Mall para caminar por Yonge St. rumbo a mi antigua casa. No avisé que iría, pues tiene mucho que el teléfono dejó de funcionar, pero no importaba, sabía sus horarios, sus hobbies, sus rutinas y era el momento perfecto para darles la sorpresa. El hijo pródigo había regresado.

Yo no lo sabía y fue impresionante el darme cuenta que la ciudad de Toronto está plagada de Bukowski. Todo huele a él. En aquel tiempo, yo estaba absorto en sus libros, era lo único que leía y lo hacía casi todo el día: sus novelas, sus relatos, sus poemas, su correspondencia publicada. Fue tanta su influencia en mi, que me llevó incluso a imitar un poco su comportamiento irreverente ante la gente, su desidia, su arrogancia, pero sobretodo su forma de escribir. Es algo que no me ha pasado con ningún otro escritor ni en ninguna otra ciudad. El simple hecho de estar en Toronto me hizo sentir densamente la influencia Bukowskiana, en donde cada espacio de las calles me recordaba su imagen, algún relato suyo y me inspiraba algo grotesco y atrevido para escribir, como yo hacía en aquél entonces como aprendiz.

Mi segunda decepción: El Falafel ya no existe. Tampoco. La deliciosa comida del Líbano también se esfumó de la Younge St. Esperé dos antojados años para volver a comerlos y no, se han ido.

Metros más adelante, aún sobre Younge St, me encontré con una tienda de posters que no me acordaba que existía y que, no obstante, pasaba horas dentro. El cuarto de mi casa en Torreón está tapizado con los posters adquiridos en esa tienda: de Naranja Mecánica, de Pink Floyd y su excelso The Wall, el poster de Episodio I que es maravilloso y algúnos otros de películas clásicas. Entré, e inmediatamente me sentí como un fantasma. Era como si lo estuviera soñando. Porque efectivamente yo había soñado con esa tienda y mi estado onírico era sumamente real. Hasta me confundí. Todo estaba igual, los posters y curiosidades en su lugar de siempre, la gente hacía cosas y nadie me volteaba a ver. Nadie me saludaba ni sabía que había vuelto después de dos años de ausencia. Repasé con la mirada los posters: ese momento era idéntico a cualquiera de los que viví anteriormente, con la diferencia de que ahora todo eso me era ajeno.

Fue una fuerte impresión que llegó a convertirse en pánico cuando di la vuelta en Carlton St. la calle donde se encuentra mi antiguo colegio y que caminaba de 4 a 6 veces diarias. Increíblemente todo seguía en su lugar: los mismos árboles, las mismas bolsas de basura, las mismas hormigas. Era una imagen que yo recordaba en mis sueños y que ahora se manifestaba sólidamente ante mi. Me encontraba en carne propia dentro de un recuerdo. Caminé y pasé por la familiar frutería. Después, El Harveys, en donde todas las mañanas desayunaba dos huevos estrellados con tocino y una rebanada de tomate. Entré de inmediato lleno de gusto. Me vi desayunando en casi todas las mesas. Casi veía mi imagen. Desayunaba y leía, tantas mañanas.

Salí del restaurante y apareció la puerta del edificio de mi antiguo colegio. Estaba cerrado y no entré. Enseguida, la tienda de donas, donde Inma y yo nos conocimos. Como está apenas a un lado del colegio, los estudiantes íbamos por nuestra dona y café en el descanso, actividad que me permitió conocer su bellísima voz, su piel morena y sus ojos aceituna.

Fue muy curioso encontrarme con los teléfonos públicos. Al momento de verlos, recordaba a quién le había hablado de ahí, aproximadamente en qué fecha y de qué habíamos hablado. Apareció uno y con él una llamada con mi madre. Fue una noche y casi recuerdo todas sus palabras.

Después, el banco en donde cambiaba mis cheques de viajero. Todo en su mismo lugar. Llegó el momento de cruzar el parque y fue ahí en donde me invadió una nostalgia muy aguda: Bukowski apareció de nuevo con tanta fuerza que sentí pavor. Casi lo sentía respirar, pues en ese parque era en donde me sentaba a leerlo tardes enteras. Mi mente trabajaba a marchas forzadas. Finalmente logré cruzar. Me encontraba a dos cuadras de mi casa y yo caminaba entre asustado, emocionado, triste, feliz, pensativo y expresivo. Tenía 20 años y tenía 22 y a veces era un ángel y en otras un sufrido mortal.

Me paré frente a mi hogar. ¡Hola papás! ¡Hola Nilgún, hola Irfán! ¿Nadie? ¿Nadie? La fachada despintada, el pasto con hierba mala, tan crecido. Sucio aquí y allá. Me acercé con cuidado a la puerta, toqué con inseguridad. Nada. Asomé a la ventana sin cortina y encontré vacío. Era tan visible que la casa estaba abandonada y no obstante volví a tocar. Esperé. ¿Por qué no me abrían? ¿Qué pasaba? Toqué de nuevo. Me asomé por las ventanas y mi casa estaba sin muebles, sucia, descuidada, tan sola. ¿Habría algún recado para mi? Mi cuarto, en el segundo piso, ¿seguiría tal cual lo dejé? Sentí inseguridad. Después terror. Nadie estaba ahí para recibirme. Nadie me esperaba. ¡Nadie se contentaba con mi regreso! La casa casi en ruinas me provocó una soledad asfixiante. No pude seguir ahí. Di algunos pasos atrás y la vi de nuevo, como reclámandole. Yo quería entrar, que Nilgún me abrazara y me dijera baby como tan cariñosa y maternalmente me decía. Que Irfán me ofreciera un apretón de manos y se sintiera orgulloso de mi. Que su pequeño Hassan, ya más grande, me reconociera y se sentara junto a mi. Que me prepararan de cenar y que comieramos pastel. Que recordaramos viejos momentos y malos ententendidos entre risas y añoranzas. Yo entraría a mi antiguo cuarto, me tumbaría en la cama, cerraría los ojos, me estiraría y me sentiría como en casa. Porque estaba en casa.  

Pero ése calor ya no existía. Eran recuerdos en ruinas. Decidí marcharme, era doloroso. Meditabundo, confuso y triste, caminé otra vez. Tomé el tranvía para dirigirme a la Universidad de Toronto, en donde entraba clandestinamente al salón de las computadoras. Yo tenía 20 años y parecía (era) estudiante, aunque yo de un colegio particular más bien gachón que no tenía centros de cómputo y la Universidad contaba con cientos de monitores disponibles y veloces para ser usados. Me hacía pasar por estudiante caminando con seguridad y haciendo parecer que sabía perfectamente lo que hacía. En aquel lugar escribí mis polémicas Cartas Torontinas que provocaron tantas cosas. Más malas que buenas.

Fuera de la Universidad, en un pasillo, cuando le compartí mi secreto clandestino a Inma del uso de computadoras gratis, conocí su versión más hermosa y fue cuando mencioné:

- Así es como te quiero recordar siempre. Con tu pelo ondeando, con esa sonrisa. Morena y verde a la vez. Cuando te recuerde en el futuro, te recordaré así, exactamente como estás en este momento.

- Vale - recuerdo que contestó con su tono castellano.

Hasta la fecha he cumplido.

Tras dejar la Universidad, tomé el fabuloso metro de la ciudad. Es muy elegante y limpio, como ninguno en el mundo. Innumerables memorias también. Finalmente llegué a Chinatown. Miguel y Julio nunca aparecieron y me sentí un poco desesperado. Pero opté por ir caminando al Parlamento, que no está muy lejos y, ahora sí, comer el dichoso hot dog que, creeme, es lo más delicioso que he probado en mi raquítica vida. De las cosas que contanto entusiasmo quería hacer, fue lo único que logré. El hot dog. ¡Pero qué hot dog!

Con la pancita llena y el corazón descontento, regresé al Chinatown. Miguel y Julio ya me esperaban y ciertamente ellos habían también cenado en otro lugar. Los muy méndigos. Buscamos un buen bar y nos contamos nuestro día, ellos más bien turistearon.

Ya en el hotel, abrí la ventana de nuestro cuarto. Toronto de noche. Mi segunda ciudad. Llena de fantasmas. De pasado. De recuerdos y memorias. Llena de Inma. Llena de Bukowski. Impresionantemente llena de Inma y de Bukowski. Nilgún, Irfan, Hassan… ¿en dónde estarán? ¿Vivirán aquí o regresaron a su tierra? ¿Se acordarán alguna vez de mi? ¿Quién, en esta inmesa ciudad, sabe que estoy aquí? Qué regresé. ¿Alguien se imagina que me siento como me siento?

Toronto y sus calles y sus tiendas y sus transportes públicos, todo tan mío y tan ajeno.

Bien dicen que no regreses al lugar en el que fuiste feliz.

jueves, 16 de mayo de 2013

Carta 15


Cartas en Montreal XV

QUE TRATA DE LA SANGRIENTA BATALLA QUE SOSTIENE AGAPO BUENDÍA EN CONTRA DE INUMERABLES INSECTOS UNA NOCHE EN SU HABITACIÓN.


Había tenido un día extraño y como tal iba a terminar. Con la incertidumbre de ir o no a Toronto este fin de semana, caminé por casi toda la ciudad preguntando diferentes precios, pero todos son muy costosas y Toronto ni está tan lejos. Mi búsqueda incluso me llevó a la estación de tren: un enorme lugar que poco le falta para parecer aeropuerto, y no sin razón, dado que viajar en tren aquí es más bien lujoso y el precio es igual o mayor que el mismo avión. De modo que continué con la incertidumbre en cuanto a visitar o no mi adorada ciudad en donde viví en 2000.

Como bien sabes por mis Cartas Torontinas que te escribí hace dos años, Toronto fue mi primer viaje relatado. La aventura estuvo llena de personajes y aventuras como los que aquí poco a poco han aparecido, aunque siento que Toronto fue más intenso. Era más joven, más rebelde y sumamente irreverente. Buscaba ser un escritor maldito y deliberadamente me metía en problemas para tener material qué ecribir. Ahora no. Me metí en tantos que ahora los evito a toda costa. La vida me ha enseñado que la paz y la tranquilidad son un tesoro poco valorado. Ya tengo amigos. Ya he tenido muchos enemigos. Ya he tenido novias, ya nos hemos herido demasiado. Ya sólo quiero caminar y conocer. Ya es lo único que me gusta.

Tras estas meditaciones llegué a casa más bien cansado y juntos todos los que vivimos en el Big Jean nos dispusimos a comer.

Finalmente, y por fin, llegué a mi habitación. Quedé en boxers y me dejé caer en la cama dispuesto a morirme en el segundo respiro. Pero inmediatamente tuve una horrenda visión: el foco del techo estaba impresionantemente rodeado de una especie de hormigas voladoras. Las sentí en mi brazo, después en mi cuello y más en mi rodilla. Brinqué hacia el piso como bailando “Suena mi esqueleto” y quitármelas como si me estuvieran electrocutando. Al saberme temporalmente limpio, me puse los pantalones. Me dirigí rápidamente a la ventana para conocer de dónde provenía tanto animal, y al correr la cortina vi que miles de hormiguitas con y sin alas, apretujadas, rojinegras y malévolas, caminaban por el contorno de la ventana con toda la seria intención de atacarme y acabar con mi vida. Mi habitación era ahora un insectarium, bichos por todos lados. El reloj marcaba la una de la mañana, era muy abusurdo. Kafka me venía a la mente pero eso no ayudaba en nada.

Insectos por todas partes, en la ventana, en mi cama, en la puerta, en las cajas de dvd, o volando alrededor de mi lámpara. En verdad estaba fatigado de músculos y huesos por las largas caminatas, pero ahí estaba, parado en medio de la noche y sin saber qué hacer. Pero claro está que algo tenía qué hacer: fue entonces que abrí la puerta, entré al baño y después de esculcar entre las puertas y cajones, tomé un aromatizante de ambiente y un jabón para limpiar ventanas. No tengo mucha idea del por qué. Quizá porque el aromatizante sale a manera de gas y el jabón en potentes disparos de agua.

Fue así como comenzó la guerra. Apuntando el gas aromatizante lo más cerca posible de los insectos y dañando sus filas militares y malignas con el líquido a chorros, comencé a atacar. Primero unos, luego otros. Los cazaba en el aire, los aplastaba con la mano. Aun estuvieran las hormigas voladoras arrastrándose en el piso tratando de sobrevivir, mi pie las aplastaba. Las trituraba. Una por una. Las hormiguitas se hicieron bolita y murieron, rendidos. Juntos, tratando de ayudarse. Todos muertos en grandes cantidades, pagando el precio de su atrevimiento, de sus patéticos sueños de victoria. No dejé animal vivo.

Todo era muerte y dolor. La imagen pestilente de la guerra rodeaba el lugar con sus tétricos cadaveres de antenas y patas. Tomé mi brazo y lo pasé entre mi pecho, como hiciera Napoleón.

De pronto, mi cuarto comenzó a oler bien.