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jueves, 27 de junio de 2013

Carta 39


Cartas en Montreal XXXIX

QUE TRATA DE LAS MÚLTIPLES VISITAS QUE REALIZA AGAPO BUENDÍA A DIVERSOS LUGARES NOCTURNOS, LO QUE SIGNIFICA LA AGONÍA DE ESTA AVENTURA.


Es el puerto de Montreal el lugar que más me ha gustado de esta ciudad. El sitio en donde me he refugiado para escribir, a pasar tiempo a solas bajo la sombra de este árbol tan apartado de los demás. Este lugar permite una panorámica magnífica: de los barcos, de la gente, del río, del cielo y de la antigua ciudad. Es en este lugar en donde me encuentro ahora despidiéndome. Diciendo adiós a Montreal.

Desconozco cuándo podré volver a este mi lugar. Le digo con tristeza adiós a esta nueva ciudad mía. ¿Cómo pasó el tiempo tan rápido? Me refiero a este viaje pero también a mi adolescencia. Regreso a Torreón y en definitiva mi vida ya no será la misma. Es hora de pagar facturas y lo que sigue será simplemente ser adulto, así se ha negociado mi regreso. Buscaré en dónde vivir, forzosamente un trabajo que me mantenga y lo que decida, haga o no realice será mi total responsabilidad, mi familia ya no me puede cuidar. Tan peladote, dicen.

Está bien. Tengo 22 años y está muy bien. Regresaré a la televisión, a las transmisiónes de radio de los juegos del Santos y a mi columna en el periódico. Y a ver qué más. En definitiva seguiré leyendo y escribiendo, pero pienso que los viajes tan largos como el relatado de Toronto, Europa y este de Montreal han terminado, pues ahora sudaré en mi frente el pan que lleve a mi boca y los viajes serán menos y menores. Nombre, Adán, gracias…

Llevo cuatro días sin escribirte, mañana será de cerrar maletas y despedidas. Este es el momento que me he regalado para estar a solas con mi árbol, mi puerto y Montreal. Respiro y recuerdo. Anécdotas hubo muchas. La mayoría de ellas, creo, divertidas. Todas las compras están hechas, mi certificado de Francés en mis manos y recuerdos muy cercanos aún pasean por mi mente y me provocan reír:

Anteanoche nuevamente un vaso de cerveza se cayó de mis manos, tumbando más vasos de cerveza casi llenos que provocó un caos en la mesa de la casa blanquinegra de las españolas; Irene escuchando mi lluvia de piropos y todas las españolas como testigo de mis palabras. Al final las harté cuando comencé, de nuevo, a comparar a Irene con Penélope Cruz. Soy un simple borracho mexicano, de la Laguna, nada más, ¿qué esperaís de mí? Alguna de ellas se sorprendía que mi cerveza tuviera cada vez menos líquido, pues no se me veía beber, sólo hablar, hablar, hablar... Que si Irene, que si Penélope Cruz, que si la nariz de Irene, que, que, que…

Qué lío ha sido. Recuerdo cuando viajaba en camión, muy de madrugada, de Torreón a Monterrey para tomar a la mañana siguiente, tan temprano, el avión que me llevaría a Dallas y posteriormente a Montreal, cuando viendo por la ventana, replanteaba mi vida y me preguntaba qué había hecho, cómo había actuado para que tuviera que dejar de prisa mi ciudad en una huída y refugiarme en Canadá. Yo era bueno, había sido excelente estudiante, las maestras me querían, era amiguero, había tenido bonitas relaciones con novias, no hacía daño, me gustaba el deporte, el cine. ¿Qué había pasado? ¿Por qué la vida me ponía esta prueba tan grande? Decidí que me dedicaría a pensar, a controlarme, a respirar Canadá y a no meterme en más problemas. Que sería dueño de mis acciones. Y ahí estaban: Daniela en los primeros días, Natalia y su tan bella sensualidad, Irene y su refinamiento, Kosué como pecado original. ¿Tenía elección? ¿No es parte de vivir, del ser joven, de agradecer la existencia misma el morder frutos aunque algunos de estos sean prohibidos?

A mi las cosas me asustaban, me impresionaban, las vivía, las capturaba y luego compartía con mis palabras. Pocas cosas sabía hacer, entre ellas caminar frenéticamente. Sin duda extrañaré estar sentado aquí, en donde estoy ahora, como momento único de vida. El sol se va posando y el cielo comienza a tornarse morado.

En cualquier momento me levantaré, tomaré mi mochila y prosiguiré mi camino.

domingo, 12 de mayo de 2013

Carta 11


Cartas en Montreal XI

QUE TRATA DE LAS CURIOSIDADES QUE ENCUENTRA AGAPO BUENDÍA CON EL IDIOMA FRANCÉS, EN DONDE SE NECESITAN NOCIONES MATEMÁTICAS SI ES QUE SE QUIERE CONTAR MÁS ALLÁ DEL NÚMERO 80.


Para decir números en francés, hay que saber sumar. Eso me lleva a pensar que las personas que hablan este idioma como lengua materna, ya sea en esta región del estado de Quebéc, Francia, Suiza o algunos países africanos y regiones asiáticas, aunque sean analfabetos y quizá vivan en la miseria, sumar sí saben. Encuentro muy tenebrosa la numerología porque es demasiado compleja: para decir, por ejemplo, 95, se pronuncia (en francés, claro, pero lo escribiré como en español sonaría) "cuatro veintes más quince".

Todo va muy bien hasta el 79, pues se dice tal cual el número (pero en francés, insisto) pero nada más llegando al 80, salen con su cosa de las sumas (80 es, cuatro veces veinte, y de ahí hasta el 99 sumas el numero que quieras decir al 80).

¡Uf!

De verdad que no me imagino a algún contador o banquero diciendo: 92 millones 88 mil 989. 97 en esta lengua. Con razón hay tanta poesía francesa. ¿A quién le interesan los números?

Para acabarla, ahora resulta que los patos también hablan francés y no dicen "cuack cuack" sino "cueck cueck". Estábamos en clase viendo los animales y como somos un gurpo muy aplicado, ya más o menos dominamos los números, el alfabeto y los colores, por lo que hemos dado un paso gigantezco en el conocimiento humano y ahora repasamos los animales. La maestra nos puso de dinámica actuar como el animal que nos tocó en el papelito y los demás teníamos que adivinar y decir en francés de qué se trataba. Andy, a quien recé con todo mi ser que le tocara el Oso Panda y ahora sí poderme explayar y perseguirlo por los pasillos diciéndole Andy Pandy, quiso explicar la palabra pato en francés: se levantó, caminó chistoso y nadie entendíamos. Pero cuando en un recurso desesperado hizo el sonido: "cuak cuack", todos entendimos perfectamente que se trataba de un pato, excepto la maestra que no lograba adivinar. Cuando se dijo la palabra “canard” que es la que corresponde al pato, la maestra desaprobó la actuación de Andy argumentando en un bello francés:

- ¡Ah, no! ¡No, no! No puedo dar la participación por buena, los patos no hacen cuack cuack, ¡hacen cueck cueck!

Cero para Andy, que se había entregado en cuerpo y alma en su actuación. Pero al menos ya sabes que si alguna vez te encuentras con un pato graznando “cueck cueck”, sin duda se tratará de un pato francés.

Por supuesto todo esto es divertido. Las anécdotas y ocurrencias surgen conforme las horas, para beneplácito de las risueñas japonecitas, que todo me festejan. La maestra nos pregunta para cerciorarse de que entendimos el ejercicio que realizamos o la explicación de alguna regla gramatical, con un elegante:

- Ce bon? -Que significa: "¿Está bien?"

A lo que yo respondo, pues se pronuncia casi igual:

- ¡Simón!- Lo que provoca las risas de los mexicanos.

Por la tarde y después de la comida en la Academia, la maestra nos propuso ir al mercado de Montreal en donde repasaríamos los nombres de las frutas y verduras que acabábamos de aprender. El camino fue largo ya que tuvimos que tomar dos veces el metro y caminar un buen rato. Finalmente llegamos. El mercado nos recibió sumamente colorido con flores y frutos de todos los colores y tipos. A no ser por la falta de artilugios místicos, aguas curanderas y objetos guadalupanos, el mercado quebecois es muy similar al mexicano. Pero algo que llamó poderosamente mi atención y que para mi gusto fue lo más admirable de la tarde, fueron los gritos de los vendedores que, cual vulgares verduleros, ofrecían a estruendosos gritos su mercancía y ofertas ¡pero en francés! La fusión era muy extraña porque el grito era molesto pero la palabra muy elegante. Me detuve un rato para escucharlos gritar y a uno casi le aplaudo por la enjundia con que ofrecía las sandías.

Lo que fue un poco incómodo fue que era notorio que nosotros no pertenecíamos ahí. Tanto vendedores como compradores nos veían con cierto recelo, sintiendose observados como curiosidad de feria ambulante. Íbamos en grupo, casi formaditos y siempre detrás de la maestra. Me sentí en segundo de plastilina a punto de graduarme para por fin entrar a kinder. Entonces la maestra se detenía frente a una manzana con todo el entusiasmo y triunfo, esperando a que nos acercáramos y viéramos con suma atención su hallazgo, como si hubiera encontrado la piedra filosofal, ya reunidos, con digna autoridad, decía:

- Une pomme- La maestra.

- Une pomme- repetíamos al mismo tiempo como retrasados mentales o, peor aún, como los que dicen que Monterrey contra Santos no es clásico.

Los compradores, con toda y absoluta razón, tratando de hacer sus compras lo más rápido y baratas posibles, se molestaban al verse interrumpidos por un grupo de lelos que se detenían en medio de la calle repitiendo:

- Une poire (pera)- decía la maestra

- Uneeee pooooooireeeee- repetíamos lentamente.

Los vendedores, más molestos aún de que acaparáramos todo su puesto para señalar un simple fruto, sin realizar compra alguna y de paso detener a la clientela, nos echaron ojos como si hubiéramos tocado a su puerta temprano en domingo y nos hubiésemos presentado como Testigos de Jehová. Aún así, el paseo fue agradable.

Por cierto, qué misterioso y poético el nombre que en francés se le da a la papa: "pomme de terre", que, traducido, es “manzana de tierra”.

viernes, 10 de mayo de 2013

Carta 9


Cartas en Montreal IX

QUE TRATA DE CÓMO AGAPO BUENDÍA SE DEBILITA AL ESTAR CON GENTE Y DENTRO DEL FESTEJO DEL DÍA DE INDEPENDENCIA DE CANADÁ, DESCUBRE SU ANTIGUO Y RUSO ABOLENGO.

Qué importante es mi cuarto. La privacidad que me brinda es lo más valioso que tengo en Canadá. Implica intimidad, soledad, silencio. Libertad. Me comienza a asustar un poco el pronto hartazgo que me produce la compañía de otras personas, pues en este viaje me estoy acostumbrando a la soledad. Pero más que un ermitaño sin solución, soy un seleccionador de compañías (o un estirado mamón, es igual) En mi ciudad, con mi gente, siempre estoy rodeado de personas a quien quiero, pero inminentemente buscaré un prolongado rato para mi y mis pensamientos y lecturas y nada más. De hecho, aunque llevo poco aquí, ya extraño a mis amigos y familia. Quizá pronto llame a Torreón a ver qué. ¿Me extrañarán? ¿Hablarán de mi? ¿Es un alivio mi ausencia? Méndigos.

Hay otro tipo de personas que, sin quererlo y con toda la buena intención, me invaden. Donde más pronto de lo normal me siento asfixiado y me quitan fuerza. Igor es la máxima representación de eso. Él quiere mi amistad y yo le rehuyo porque su demanda de conversación e interés es demasiado para mi, que soy un simple y solitario poeta.

Ha llegado a la casa del Big Jean en lugar del brasileño que despedimos el sábado, un tipo de Monterrey llamado Gabriel (insisto que en Montreal todo mundo es mexicano). Yo iba saliendo rumbo al Downtown con toda alegría, pero Mr Jean me detuvo diciéndome que al último que llegó, le toca recibir al nuevo, de modo que me entretuve más de una hora en darle la bienvenida a la casa, explicarle las reglas, los horarios de comida, en dónde quedan las cosas, qué si se puede hacer, qué no, el uso del internet, de la lavadora, los platos, etc… Nada me hubiera costado invitarlo a pasear por la ciudad y también explicarle el sistema del metro y los camiones que se pueden tomar para llegar a la casa, la Academia o tal o cual lugar, pero no, yo quería estar solo, ya me había mentalizado y nada me entusiasmaba más que salir sin dirección por el viejo Montreal y caminar libremente. Cuando he viajado en grupo y la mayoría decide cierto camino que yo no deseo tomar, la sensación de sentirme atrapado aparece y tarde o temprano me quedo atrás en el camino, me pierdo medio adrede y vuelvo a mi adorada libertad.

Llevé a Gabriel al cuarto de la tele en donde estaban los demás, que echados en los sillones sin recato alguno discutían su aburrimiento. Planeaban qué hacer sin realmente querer hacer nada y se echaban la culpa unos a otros por no decidirse. Hasta antes de la intervención de Mr. Jean, yo tenía planeado ir al Museo de las Artes, pero no lo mencioné. Sólo escuché las diferentes ideas, su desesperante indecisión y muy pronto salí de la casa sin decir adiós. Tomé el camión, después el metro y arribé al bellísimo viejo Montreal. Caminé hacia donde el mapa me indicaba y finalmente arribé al Museo que, dicho sea de paso, me decepcionó. Tenía gran interés por conocer las pinturas que de Pablo El Veronés y de Raphael anunciaban en el folleto, pero sólo exhibían una pintura de cada uno. Lo demás era arte moderno canadiense que me interesa, pero no le sé y poco me comunica.

Sigo con mis meditaciones, hablando de mis hermanos y su inactividad: me desespera que la gente se aburra. Yo a veces me siento solo. Otras, triste. Frecuentemente melancólico y nostálgico, pero aburrido no. La literatura es un mundo tan vasto y rico que no permite ese sentimiento. Sé lo que me divierte y lo que me gusta, son cosas tan sencillas que están tan a mi alcance que hace mucho no me siento realmente aburrido. Cansado, sí. Desesperado, sí. Inquieto, más. Pero no aburrido.

La compañía femenina es la mayor de las delicias. En cualquier sentido es lo que más disfruto. Estando con una mujer para mi gusto atractiva, la conversación fluye magistralmente y no hay cabida para el aburrimiento. Encuentro a la mujer encantadora. Creo que siempre la disfrutaré. Si es época de sequía y no hay tan bella compañía a mi lado, escribo o leo o camino. Entro al cine. Visito tiendas de música, posters y películas. Curioseo. Conozco iglesias y lugares históricos. Busco lugares de descanso con vistas paisajistas. Pero estar sentado frente a un televisor, esperando, eso no. Cambiando y cambiando de canal a ver qué pasan por fin de entretenido, no. Depender de otros para que te entretengan, diviertan y hagan planes para ti, menos. Permanecer pasivo y sin la valiosa iniciativa de la constante búsqueda por el conocimiento, eso jamás lo haré. Y hoy, entre once personas a ninguno en la casa se le ocurrió nada para pasarla bien en un día festivo en Canadá. Todos dependiendo de todos y ninguno sin nada qué aportar.

Por la noche, Mr. Jean nos invitó al festejo de la Independencia canadiense en el viejo puerto. Sólo fuimos Veder (Siria), Miguel (Manzanillo) y yo. Hubo gente con banderas rojiblancas, hojas de maple, festejos, fuegos artificiales, música de todo tipo y un ambiente de convivencia por las calles. Estuvo bien. Uno está acostumbrado al pachangón de nuestra fiesta de Independencia, de gritos, tequilla, baile y comilonga, pero en Canadá uno debe ser más mesurado. Miguel me contó que se levanta a las 5 de la mañana todos los días y lava un promedio de 90 carros por turno, trabajando diez horas. Me invitó a trabajar con él, emocionado y argumentando que se gana bastante bien, sobretodo con las propinas, pero yo soy muy débil para esos trabajos. Al tercer día moriría. Le expliqué que en mi vida pasada pertenecí a la aristocracia rusa y que todavía tengo ciertas mañas de burgués. Noté su decepción y ahora platicó más con Veder que conmigo.

La pasé bastante bien con ellos, pero en el camino de regreso ya no daba más. Mi paciencia se había agotado y ya no quería hablar ni sonreír. No es contra ellos, a quienes realmente aprecio, simplemente mi cerebro ya no trabajaba. Ya no quería traducir (cuando entre nosotros, tanto en la casa como en la Academia, hay alguein que no hable en español, en este caso Veder, la conversación forzosamente y por educación debe de ser en inglés o en francés, según lo que todos dominen), mi boca ya no quería hablar y simplemente no quería seguir conversando. Perdona mi abolengo, Miguel.

Llegué a mi casa, entré a hurtadillas para no tener qué saludar al hijo de Mr Jean ni a su esposa, abrí la ventana, puse música clásica, tomé este cuaderno y como si esto fuera un cuarto lleno de oxígeno, me puse a escribirte, a ti, que todo me crees.