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jueves, 27 de junio de 2013

Carta 39


Cartas en Montreal XXXIX

QUE TRATA DE LAS MÚLTIPLES VISITAS QUE REALIZA AGAPO BUENDÍA A DIVERSOS LUGARES NOCTURNOS, LO QUE SIGNIFICA LA AGONÍA DE ESTA AVENTURA.


Es el puerto de Montreal el lugar que más me ha gustado de esta ciudad. El sitio en donde me he refugiado para escribir, a pasar tiempo a solas bajo la sombra de este árbol tan apartado de los demás. Este lugar permite una panorámica magnífica: de los barcos, de la gente, del río, del cielo y de la antigua ciudad. Es en este lugar en donde me encuentro ahora despidiéndome. Diciendo adiós a Montreal.

Desconozco cuándo podré volver a este mi lugar. Le digo con tristeza adiós a esta nueva ciudad mía. ¿Cómo pasó el tiempo tan rápido? Me refiero a este viaje pero también a mi adolescencia. Regreso a Torreón y en definitiva mi vida ya no será la misma. Es hora de pagar facturas y lo que sigue será simplemente ser adulto, así se ha negociado mi regreso. Buscaré en dónde vivir, forzosamente un trabajo que me mantenga y lo que decida, haga o no realice será mi total responsabilidad, mi familia ya no me puede cuidar. Tan peladote, dicen.

Está bien. Tengo 22 años y está muy bien. Regresaré a la televisión, a las transmisiónes de radio de los juegos del Santos y a mi columna en el periódico. Y a ver qué más. En definitiva seguiré leyendo y escribiendo, pero pienso que los viajes tan largos como el relatado de Toronto, Europa y este de Montreal han terminado, pues ahora sudaré en mi frente el pan que lleve a mi boca y los viajes serán menos y menores. Nombre, Adán, gracias…

Llevo cuatro días sin escribirte, mañana será de cerrar maletas y despedidas. Este es el momento que me he regalado para estar a solas con mi árbol, mi puerto y Montreal. Respiro y recuerdo. Anécdotas hubo muchas. La mayoría de ellas, creo, divertidas. Todas las compras están hechas, mi certificado de Francés en mis manos y recuerdos muy cercanos aún pasean por mi mente y me provocan reír:

Anteanoche nuevamente un vaso de cerveza se cayó de mis manos, tumbando más vasos de cerveza casi llenos que provocó un caos en la mesa de la casa blanquinegra de las españolas; Irene escuchando mi lluvia de piropos y todas las españolas como testigo de mis palabras. Al final las harté cuando comencé, de nuevo, a comparar a Irene con Penélope Cruz. Soy un simple borracho mexicano, de la Laguna, nada más, ¿qué esperaís de mí? Alguna de ellas se sorprendía que mi cerveza tuviera cada vez menos líquido, pues no se me veía beber, sólo hablar, hablar, hablar... Que si Irene, que si Penélope Cruz, que si la nariz de Irene, que, que, que…

Qué lío ha sido. Recuerdo cuando viajaba en camión, muy de madrugada, de Torreón a Monterrey para tomar a la mañana siguiente, tan temprano, el avión que me llevaría a Dallas y posteriormente a Montreal, cuando viendo por la ventana, replanteaba mi vida y me preguntaba qué había hecho, cómo había actuado para que tuviera que dejar de prisa mi ciudad en una huída y refugiarme en Canadá. Yo era bueno, había sido excelente estudiante, las maestras me querían, era amiguero, había tenido bonitas relaciones con novias, no hacía daño, me gustaba el deporte, el cine. ¿Qué había pasado? ¿Por qué la vida me ponía esta prueba tan grande? Decidí que me dedicaría a pensar, a controlarme, a respirar Canadá y a no meterme en más problemas. Que sería dueño de mis acciones. Y ahí estaban: Daniela en los primeros días, Natalia y su tan bella sensualidad, Irene y su refinamiento, Kosué como pecado original. ¿Tenía elección? ¿No es parte de vivir, del ser joven, de agradecer la existencia misma el morder frutos aunque algunos de estos sean prohibidos?

A mi las cosas me asustaban, me impresionaban, las vivía, las capturaba y luego compartía con mis palabras. Pocas cosas sabía hacer, entre ellas caminar frenéticamente. Sin duda extrañaré estar sentado aquí, en donde estoy ahora, como momento único de vida. El sol se va posando y el cielo comienza a tornarse morado.

En cualquier momento me levantaré, tomaré mi mochila y prosiguiré mi camino.

sábado, 1 de junio de 2013

Carta 24


Cartas en Montreal XXIV


QUE TRATA DE LOS PERCANCES QUE TIENE AGAPO BUENDÍA DENTRO DE LA CASA DEL BIG JEAN, EN ESPECIAL CON EL NUEVO INTEGRANTE DE LA CASA.


Escribir con privacidad es más difícil de lo que crees. Alguna vez dije esto en mis Cartas Torontinas, en las Cartas en Europa 2001 y ahora lo confirmo nuevamente en Montreal. La gente, te conozca o no (pero sobretodo y por mucho si te conoce) siente curiosidad cuando alguien se pone a escribir y se percata de que lo escrito proviene del cerebro directamente, es decir, que no es tarea, cuentas, o hago por el estilo.

Por ejemplo, ahora que comienzo a escribirte en esta mesa del Tim Hortons que ya me estoy adueñando (pues queda en un rincón que da hacia la ventana en donde se ve maravillosamente el puerto de Montreal), tres señoras están tomando café en la mesa siguiente y miran de reojo mi cuaderno. He notado que callaron un momento para voltearme a ver, pero hice que si yo siguiera en lo mío. Sé que es curioso que un joven (aunque esto es relativo) se dedique a escribir un sábado por la tarde, solo, y con la velocidad con que lo hago. Entiendo su curiosidad, pero también ellas deberían entender que necesito hacerlo. Es una forma de locura. Y que es manifiesta. Aunque claro está que no busco que la gente me entienda para poder escribir. Siento el profundo deseo (a veces es incluso urgencia) y lo hago. De igual forma hay semanas que se pueden transformar en meses y que simplemente no sale nada. La necesidad/deseo de escribir son lo esencial para hacerlo bien. Con bien me refiero al mero hecho de hacerlo, no por eso quiero decir que lo escrito por mi tiene calidad. Eso viene a ser lo menos importante. Por lo tanto, y para evitar miradas incómodas, he abierto mi cuaderno de francés y lo he colocado a un lado de este otro cuaderno en donde te escribo, para aparentar que paso apuntes. Espero resulte.

Mientras me recuerdo en aquella mañana despertando a las cuatro a.m. cuando aún estaba oscuro. Mi cuello, en su parte izquierda, era una piedra. Me dolía su existencia. No pude dormir más por el intenso dolor. A las cinco de la mañana ya tomaba un baño de agua muy caliente para relajar el músculo del cuello, cosa que logré disminuir sin desaparecerlo. A las seis de la mañana había tendido mi cama, doblado y guardado mi ropa, desayunado y me encontraba viendo la televisión en mi cuarto, tratando de distraer mi mente.

Escuché a los señores de la casa levantándose y después haciendo el desayuno. Apagué la tele para que no supieran que estaba despierto. Han sido muy amables conmigo, jamás lo negaría, pero me cansa mucho responder con una fingida sonrisa a sus cuestiones. Reírme hipócritamente de cosas que no tienen tanto chiste y contestar preguntas, preguntas y preguntas acerca de cómo me va. Uno, dos, tres días lo soporto, pero ya tengo más de dos meses aquí y me siguen tratando como si acabara de llegar. Aprecio la amabilidad, pero respetar los espacios para un escritor, es clave. Es cierto, casi no los he visto. Quizá buscan una mayor convivencia o se sienten mal por ello y buscan compensarlo haciéndome ver que sí les importo y que sí están al pendiente, pero mejor cada quien lo suyo. Se van temprano por la mañana a trabajar y yo me salgo a las diez para no llegar sino hasta pasada la noche, cuando ellos ya duermen, por eso casi no han salido en estos escritos.

El caso es que con mi dolor de cuello, menos quería entablar conversación. Así que esperé acostado en mi cama a que terminaran el desayuno, lavaran y se fueran. Mientras escuché música en mi discman. En pocos minutos yo estaba durmiendo y soñando cosas tan extrañas, pero tan vívidas, que al despertar cerca de la una de la tarde me puse a escribirlos. Camino a la Academia, a la que iba tardísimo, seguí pensando en lo que acababa de soñar, pues me sentía un poco asustado por la realidad y crudeza del sueño, era como si todo aquello lo acabara de experimentar en vida.

Por la noche se los conté a Julia, uno por uno y actuándolos. Julia me ha caído del cielo. Sabe escuchar y tiene un algo que me tranquiliza. Su compañía me da seguridad y hasta paz. Estoy seguro funcionará nuestro proyecto de amistad.

Después de mi perorata onírica, se acercaron Miguel, Yered y Julio a nosotros para viborear al nuevo integrante de nuestra casa. Se llama César, viene de España, tiene 20 años, está pelón y usa lentes. Todo parece indicar que es un niño mimado y rebelde, pues lleva tres días aquí y no se le ha visto lavar un plato. Ha preguntado que en dónde están las mejores tiendas de ropa y muy apenas se ha dignado a convivir con nosotros. Me sorprende y mucho, por lo estricto que es, que Mr. Jean en vez de llamarle la atención por no lavar su plato, sea él mismo quien lave lo que deja César. Lo hace en silencio.

La noche anterior, absolutamente todos los habitantes de la casa y nuestras vecinas (Julia y Fernanda) fuimos al cine a ver K-19. Julia se manchó el pantalón de una especie de mayonesa con algo, pues seguro pidió un súper Hotdog. Terminó la función y sólo unos pocos nos dirigimos al carro, pues tantos éramos que no cupimos todos y los demás se regresaron en el metro y después en camión.

El carro lo manejaba Mr.Jean. Su inseparable Veder, el sirio, iba de copiloto, pues últimamente le ha dado una extraña papitis con Mr Jean. Atrás, César, Julia y yo. César tenía tapada la nariz con su mano derecha y cerrado un ojo con gesto repulsivo. De modo que Julia le preguntó:

- ¿Qué tan feo huele mi pantalón? (por la mancha de la mayonesa con algo).

- No - respondió - No es eso.

- ¿Entonces qué es? - pregunté con toda la normalidad, tranquilidad, pureza e inocencia que poseé mi alma y que ameritaba la trivial primera pregunta, pues ya había visto a César gesticular de modos muy extraños. Pero inesperadamente César se alteró, y aleteando sus manos, casi gritando, me contestó:

- ¡¿Bueno, y a ti qué te importa?! ¡¿Por qué te metes con mi intimidad?!

Quedé en silencio de cinco a diez segundos. Me tardé en asimilar una respuesta agresiva a tan tonta y simple pregunta.

- No, mega puñetas - respondí mirándolo fijamente, con desdén y vanidad, casi por encima del hombro – yo no sé quién seas y tu vida me tiene sin el menor cuidado. Por mi muérete.

- ¡Cuánto me alegro! – respondió.

En seguida un silencio del todo denso se apoderó de la camioneta. Claro que al estar hablando en español, Mr Jean y Veder estaban en la baba. Pero yo me mentalizaba en no soltar un trancazo porque las reglas son muy claras en la casa y todos sabemos que ya ha habido expulsados.

Julia, con naturaleza tan conciliadora, trató de terminar con el momento incómodo y apagar ese silencio, pero inocentemente se dirigió a él en vez de a mí, que lo que sea de cada quien, tengo colmillo para manejar situaciones tensas por mi experiencia en los medios. Pero ella qué iba a saber.

- ¿Que película viste ayer, César?

- Le Regne de Feu - respondió.

La respuesta, querido, amable y tan paciente lector es El Reino del Fuego, pero el muy mamón lo dijo en francés nada más porque la vio así, de modo que Julia no entendió.

- ¿Cómo dices?

- ¡Le Regne de Feu!

- No te entiendo.

Y César explotó en gritos

- ¡Pues te estoy respondiendo! ¡La Regne de Feu! ¡El Reino del Fuego! ¡Qué tiene de difícil 
entenderme! ¡Te estoy respondiendo!

Imaginarás, interesado lector, que mi caballerosa respuesta debió ser un aterrizado y merecido golpe en el patético rostro de César. Nadie debe hablar así a una mujer y menos a la buenaza de Julia. Pero no es tan fácil. Cuando vives en Canadá y estás de visita sin residencia, un problema de estos puede ocasionarte muchos y latosos problemas legales que terminen con tu explusión del país y a ver cuándo entras de nuevo. Aún así, las palabras no dañan físicamente y yo estaba a nada de insultar con los adjetivos más bajos al pelón maligno ése, pero Mr Jean dio un maligno frenón al carro, nos apuntó a los tres con una seriedad aterradora, y sentenció palabras en francés que ninguno entendimos pero que comprendimos a la perfección: o nos apaciguábamos o las consecuencias.

Ahora sí, el carro cayó en un profundo silencio. Sólo un pequeño silbido se escuchaba en mi nariz cuando respiraba, pero no me atrevía a moverme para remover el moco y solucionarlo, por el miedo que me daba Mr Jean.

Llegamos a la casa, César bajó del carro, se metió a la casa y encerró en su cuarto, el muy cobarde. Mr Jean y Veder hicieron lo propio. Julia y yo nos quedamos en el portal a esperar a nuestros hermanos, que no tardaron en llegar. Se los contamos todo. Se veía enseguida en sus rostros cómo iba creciendo la cólera y la inyección escarlata en las venas de sus ojos. Miguel quería buscar a César, pero él es el que menos puede exponerse, con trabajo e hija aquí. Giovanni y Julio también se prendieron y ya estaban tronando nudillos. Sin embargo comenzamos a bromear sobre el asunto y a inventar chistes en torno a César. La pasamos mejor así. Acompañé a Julia hasta la puerta de su casa y le dije que sentía el mal momento dentro del carro y que me apenaba no haberla defendido como es debido.

- Qué va – exclamó- vosotros los mexicanos todo quereís arreglarlo a golpes.

- Es un cabrón, realmente se merece un quién vive.

- No vale la pena, es un capullo. Pensá ya en otra cosa.

Nos despedimos con amabilidad y me fui caminando a mi otra casa, donde duermo, para finalizar tan gritona noche.

El suceso se convirtió en chisme. A la mañana siguiente los señores de mi casa ya sabían que la noche anterior nos queríamos comer vivo al español nuevo por andar de majadero. Y en el Big Jean no se habló de otra cosa en toda la mañana. Por la noche, a la hora de la comida, seis de la tarde como se toma el famoso dinner, yo calentaba mi porción de comida, cuando entró César y se detuvo en seco al verme solo.

- ¡¿Qué hay?! – preguntó alegre, hasta amistoso, con su estúpida sonrisa, como si nada hubiera pasado.

Lo miré directamente a los ojos para que no pensara que no lo había escuchado: uno, dos, tres segundos. Regresé mi mirada al sartén, moviendo mi comida con ojos soñadores. Pensé en silbar como Pedro Infante pero de último minuto se me hizo muy cliché. Él comprendió mi indiferencia y dejó la cocina.

Por la ventana de la cocina vi cómo cruzaba la calle con su mochila al hombro, a paso acelerado, mientras yo le daba vuelta al bistec.

lunes, 20 de mayo de 2013

Carta 17



Cartas en Montreal XVII

QUE TRATA DE CUANDO AGAPO BUENDÍA REGRESA A TORONTO, CIUDAD EN QUE VIVIÓ, DONDE ENCUENTRA UN LUGAR ATESTADO DE FANTASMAS.


Fue a las cinco de la mañana cuando sonó el despertador y a las siete cuando el camión arrancó rumbo al Estado de Ontario. Íbamos Miguel de Manzanillo, Julio de Guatemala y este amable y siempre meditabundo servidor.

Muy pronto llegamos a Mil Islas, un lugar que ya había visitado antes y que reviví con mucho placer: Es un extensísimo lago compuesto de tantas pequeñas islas que el lugar ha adoptado ese nombre: Mil Islas. En verdad las islas son 1865, la mayoría adopta una casa de campo e incluso en una de ellas hay un magnifico castillo. Fue un placer gélido y visual.

Mi estancia en el año 2000 en Toronto fue tan intensa, me acostumbré tanto a esta mi  segunda ciudad, fui tan perfectamente un habitante torontino, que en su momento me costó mucho adaptarme de nuevo a la Laguna. Casi cada noche soñaba con las calles, restaurantes, metro y lugares que frecuentaba en la ciudad de los beisboleros Azulejos. Llamaba seguido a mis amigos y familia adoptiva que dejé allá y ciertamente jamás pensé en volver a Canadá. Al menos no a vivir, como ahora hago. Desde que supe que viviría en Montreal, supe que en cualquier momento volvería a Toronto. Era cuestión de instalarme bien para comenzar a viajar por los arededores de Ontario y Quebec.

Sabía muy bien que si la vida me permitía alguna vez volver a Toronto, indiscutiblemente realizaría cuatro cosas con suma prioridad:

1) Regresar a aquella mi casa para visitar a mi antigua familia, los Salemmi, musulmanes, inmigrantes de Pakistán, que me adoptaron (es un decir, les estuve pagando hospedaje como ahora hago con Mr Jean) durante un año y de quien no tengo noticia alguna desde hace dos.

2) Comer nuevamente Falafél, la comida libanesa que tanto adoré, tanto me gustaba y a la que me volví adicto.

3) Comer ésos Hot Dogs que se ponen afuera del Parlamento de Toronto, uno de los alimentos más sabrosos, con sus tocinos en cuadritos y su salchicha alemana jugosa, uno de los grandes manjares que he probado en mi vida.

4) Revivir los momentos y detalles de mi vida en Toronto en medida de lo posible.

Conforme íbamos entrando a la ciudad por el freeway, sentía una indescriptible emoción interna que se intensificó al ver desde lo lejos la enorme torre de Toronto rodeada por sus rascacielos. Poco a poco nos acercamos al corazón de la ciudad y fue una grata bienvenida la que me dieron sus principales calles, tan viejas conocidas mías, en donde tanto vagabundee.

Hablé con Miguél y Julio, les dije que ya me conocían, que me disculparan, pero que tenía misiones individuales, valiosas, internas qué cumplir. Que me separaba de ellos y que los veía a la hora de cenar en el restaurante chino que ya habíamos acordado.

Así fue. Ya me estiman, saben que necesito de mi soledad y que requiero de vencer mis propios demonios. No hubo problema ni reproche alguno.

Lo primero que hice, por la ubicación en donde nos dejó el camión, fue entrar al Eaton Centre, el gran Mall de Toronto, y de inmediato apareció el primer gran recuerdo: cuando vi el McDonalds, Inma se teletransportó frente a mi como un holograma, ahí estaba en mi mente, con su eterno helado con caramelo derretido. Su favorito. Inma, la española de Islas Canarias y la gran protagonista de mis Cartas Torontinas. En ese McDonlads, donde  tantos momentos pasamos, tanto hablamos sobre el origen del universo, filosofamos sobre Dios y la vida y en donde me sentí conquistado por su piel de chocolate, su sensual acento mediterráneo y sus ojos verdes de gitana.

Seguí caminando dentro del mall rumbo a mi cine. Fue ahí en donde me llevé mi primera decepción (fueron tres), pero para mi terrible sorpresa, ya no existen. Cerrados. Vacíos. Abandonados. Ahora era un local sin nada. Ahí, en donde una de mis primeras noches vi Magnolia y al terminar la función era tanta mi emoción por lo que acababa de ver, que encontré un teléfono público que estaba dentro del cine y telefoneé con toda excitación a mi padre para contarle. Y recuerdo que fue una llamada muy emotiva porque era la primera vez que estaba tan lejos de casa, por tanto tiempo y dijimos tantas cosas. Ahí en donde vi junto con Inma, el estreno de la nueva película de Jim Carrey y pasamos la noche riéndonos en el transcurso de la película, porque los demás espectadores se reían y nosotros no sabíamos por qué estábamos riendo, pues apenas estábamos estudiando inglés y éramos principiantes, pero no importaba. Nos sentíamos muy felices. Ahí, en donde vi montones de películas solo y me entusiasmé, recordé, lloré de tristeza, de ira y de risa. Ese lugar no existe más, sólo tiene vida en mis Cartas y en mi memoria y quizá en la de Inma.

Nostálgico, dejé el Mall para caminar por Yonge St. rumbo a mi antigua casa. No avisé que iría, pues tiene mucho que el teléfono dejó de funcionar, pero no importaba, sabía sus horarios, sus hobbies, sus rutinas y era el momento perfecto para darles la sorpresa. El hijo pródigo había regresado.

Yo no lo sabía y fue impresionante el darme cuenta que la ciudad de Toronto está plagada de Bukowski. Todo huele a él. En aquel tiempo, yo estaba absorto en sus libros, era lo único que leía y lo hacía casi todo el día: sus novelas, sus relatos, sus poemas, su correspondencia publicada. Fue tanta su influencia en mi, que me llevó incluso a imitar un poco su comportamiento irreverente ante la gente, su desidia, su arrogancia, pero sobretodo su forma de escribir. Es algo que no me ha pasado con ningún otro escritor ni en ninguna otra ciudad. El simple hecho de estar en Toronto me hizo sentir densamente la influencia Bukowskiana, en donde cada espacio de las calles me recordaba su imagen, algún relato suyo y me inspiraba algo grotesco y atrevido para escribir, como yo hacía en aquél entonces como aprendiz.

Mi segunda decepción: El Falafel ya no existe. Tampoco. La deliciosa comida del Líbano también se esfumó de la Younge St. Esperé dos antojados años para volver a comerlos y no, se han ido.

Metros más adelante, aún sobre Younge St, me encontré con una tienda de posters que no me acordaba que existía y que, no obstante, pasaba horas dentro. El cuarto de mi casa en Torreón está tapizado con los posters adquiridos en esa tienda: de Naranja Mecánica, de Pink Floyd y su excelso The Wall, el poster de Episodio I que es maravilloso y algúnos otros de películas clásicas. Entré, e inmediatamente me sentí como un fantasma. Era como si lo estuviera soñando. Porque efectivamente yo había soñado con esa tienda y mi estado onírico era sumamente real. Hasta me confundí. Todo estaba igual, los posters y curiosidades en su lugar de siempre, la gente hacía cosas y nadie me volteaba a ver. Nadie me saludaba ni sabía que había vuelto después de dos años de ausencia. Repasé con la mirada los posters: ese momento era idéntico a cualquiera de los que viví anteriormente, con la diferencia de que ahora todo eso me era ajeno.

Fue una fuerte impresión que llegó a convertirse en pánico cuando di la vuelta en Carlton St. la calle donde se encuentra mi antiguo colegio y que caminaba de 4 a 6 veces diarias. Increíblemente todo seguía en su lugar: los mismos árboles, las mismas bolsas de basura, las mismas hormigas. Era una imagen que yo recordaba en mis sueños y que ahora se manifestaba sólidamente ante mi. Me encontraba en carne propia dentro de un recuerdo. Caminé y pasé por la familiar frutería. Después, El Harveys, en donde todas las mañanas desayunaba dos huevos estrellados con tocino y una rebanada de tomate. Entré de inmediato lleno de gusto. Me vi desayunando en casi todas las mesas. Casi veía mi imagen. Desayunaba y leía, tantas mañanas.

Salí del restaurante y apareció la puerta del edificio de mi antiguo colegio. Estaba cerrado y no entré. Enseguida, la tienda de donas, donde Inma y yo nos conocimos. Como está apenas a un lado del colegio, los estudiantes íbamos por nuestra dona y café en el descanso, actividad que me permitió conocer su bellísima voz, su piel morena y sus ojos aceituna.

Fue muy curioso encontrarme con los teléfonos públicos. Al momento de verlos, recordaba a quién le había hablado de ahí, aproximadamente en qué fecha y de qué habíamos hablado. Apareció uno y con él una llamada con mi madre. Fue una noche y casi recuerdo todas sus palabras.

Después, el banco en donde cambiaba mis cheques de viajero. Todo en su mismo lugar. Llegó el momento de cruzar el parque y fue ahí en donde me invadió una nostalgia muy aguda: Bukowski apareció de nuevo con tanta fuerza que sentí pavor. Casi lo sentía respirar, pues en ese parque era en donde me sentaba a leerlo tardes enteras. Mi mente trabajaba a marchas forzadas. Finalmente logré cruzar. Me encontraba a dos cuadras de mi casa y yo caminaba entre asustado, emocionado, triste, feliz, pensativo y expresivo. Tenía 20 años y tenía 22 y a veces era un ángel y en otras un sufrido mortal.

Me paré frente a mi hogar. ¡Hola papás! ¡Hola Nilgún, hola Irfán! ¿Nadie? ¿Nadie? La fachada despintada, el pasto con hierba mala, tan crecido. Sucio aquí y allá. Me acercé con cuidado a la puerta, toqué con inseguridad. Nada. Asomé a la ventana sin cortina y encontré vacío. Era tan visible que la casa estaba abandonada y no obstante volví a tocar. Esperé. ¿Por qué no me abrían? ¿Qué pasaba? Toqué de nuevo. Me asomé por las ventanas y mi casa estaba sin muebles, sucia, descuidada, tan sola. ¿Habría algún recado para mi? Mi cuarto, en el segundo piso, ¿seguiría tal cual lo dejé? Sentí inseguridad. Después terror. Nadie estaba ahí para recibirme. Nadie me esperaba. ¡Nadie se contentaba con mi regreso! La casa casi en ruinas me provocó una soledad asfixiante. No pude seguir ahí. Di algunos pasos atrás y la vi de nuevo, como reclámandole. Yo quería entrar, que Nilgún me abrazara y me dijera baby como tan cariñosa y maternalmente me decía. Que Irfán me ofreciera un apretón de manos y se sintiera orgulloso de mi. Que su pequeño Hassan, ya más grande, me reconociera y se sentara junto a mi. Que me prepararan de cenar y que comieramos pastel. Que recordaramos viejos momentos y malos ententendidos entre risas y añoranzas. Yo entraría a mi antiguo cuarto, me tumbaría en la cama, cerraría los ojos, me estiraría y me sentiría como en casa. Porque estaba en casa.  

Pero ése calor ya no existía. Eran recuerdos en ruinas. Decidí marcharme, era doloroso. Meditabundo, confuso y triste, caminé otra vez. Tomé el tranvía para dirigirme a la Universidad de Toronto, en donde entraba clandestinamente al salón de las computadoras. Yo tenía 20 años y parecía (era) estudiante, aunque yo de un colegio particular más bien gachón que no tenía centros de cómputo y la Universidad contaba con cientos de monitores disponibles y veloces para ser usados. Me hacía pasar por estudiante caminando con seguridad y haciendo parecer que sabía perfectamente lo que hacía. En aquel lugar escribí mis polémicas Cartas Torontinas que provocaron tantas cosas. Más malas que buenas.

Fuera de la Universidad, en un pasillo, cuando le compartí mi secreto clandestino a Inma del uso de computadoras gratis, conocí su versión más hermosa y fue cuando mencioné:

- Así es como te quiero recordar siempre. Con tu pelo ondeando, con esa sonrisa. Morena y verde a la vez. Cuando te recuerde en el futuro, te recordaré así, exactamente como estás en este momento.

- Vale - recuerdo que contestó con su tono castellano.

Hasta la fecha he cumplido.

Tras dejar la Universidad, tomé el fabuloso metro de la ciudad. Es muy elegante y limpio, como ninguno en el mundo. Innumerables memorias también. Finalmente llegué a Chinatown. Miguel y Julio nunca aparecieron y me sentí un poco desesperado. Pero opté por ir caminando al Parlamento, que no está muy lejos y, ahora sí, comer el dichoso hot dog que, creeme, es lo más delicioso que he probado en mi raquítica vida. De las cosas que contanto entusiasmo quería hacer, fue lo único que logré. El hot dog. ¡Pero qué hot dog!

Con la pancita llena y el corazón descontento, regresé al Chinatown. Miguel y Julio ya me esperaban y ciertamente ellos habían también cenado en otro lugar. Los muy méndigos. Buscamos un buen bar y nos contamos nuestro día, ellos más bien turistearon.

Ya en el hotel, abrí la ventana de nuestro cuarto. Toronto de noche. Mi segunda ciudad. Llena de fantasmas. De pasado. De recuerdos y memorias. Llena de Inma. Llena de Bukowski. Impresionantemente llena de Inma y de Bukowski. Nilgún, Irfan, Hassan… ¿en dónde estarán? ¿Vivirán aquí o regresaron a su tierra? ¿Se acordarán alguna vez de mi? ¿Quién, en esta inmesa ciudad, sabe que estoy aquí? Qué regresé. ¿Alguien se imagina que me siento como me siento?

Toronto y sus calles y sus tiendas y sus transportes públicos, todo tan mío y tan ajeno.

Bien dicen que no regreses al lugar en el que fuiste feliz.