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lunes, 24 de junio de 2013

Carta 36


Cartas en Montreal XXXVI

QUE TRATA DE CUANDO AGAPO BUENDÍA SE DETIENE A ESCRIBIR LUEGO DE CONTINUAS NOCHES DE FIESTA QUE LO HAN PRIVADO DE TRANQUILIDAD Y SOLEDAD. AL MISMO TIEMPO QUE DICE ADIOS A GIOVANNI, QUIEN FUE EL EXPULSADO DE LA CASA Y HA REGRESADO A VENEZUELA. NO OBSTANTE, AGAPO BUENDÍA HA SIDO NOMINADO NUEVAMENTE JUNTO CON CÉSAR PARA SALIR DE LA CASA DEL BIG JEAN. MIENTRAS TODO ESTO SUCEDE, LA JAPONESA PORNO BUSCA A AGAPO PARA DISIPAR SUS DUDAS Y OBTIENE COMO RESULTADO MUCHAS, MUCHAS DUDAS MÁS.


Han pasado cuatro o cinco noches en las que no me he sentado a escribir. Al ser estos los últimos días para la mayoría de nosotros, surgen fiestas y despedidas incontrolablemente, lo que provoca mi desvelo y mi tarde despertar a la mañana siguiente, donde apenas alcanzo a hacer mi tarea, preparar algún desayuno y tomar un buen baño.

Hemos resentido y mucho el adiós de Giovanni. Era él quien había tomado el papel protector y pacífico del grupo y un enorme silencio aturde la cocina ante la ausencia de su voz. Se han terminado las tardes de cerveza y vino tinto en su balcón y su alegría al hablar. Giovanni se ha ido.

Como bien recordarás, los nombres de Giovanni y Agapo nominaban a los posibles expulsados, y, aunque Agapo se salvó, nuevamente junto con César ha sido nominado. La próxima expulsión será este domingo, veremos qué pasa.

Imágenes llegan a mi mente mientras retrocedo algunos días en el tiempo: Me veo en la cocina del colegio comprando un jugo en una máquina de monedas al día siguiente del episodio en el Tokyo Bar con la Japonecita Porno, quien, en ese mismo instante, aparece de la nada y me asalta diciendo:

- Agapo, ¿tienes un minuto? – preguntó con tétrica seriedad. De haber sido mi novia, sabría que lo que 
seguiría sería el cortón de la relación.

- Claro que sí, dime. – Contesté, como siempre, amable.

- Estoy muy apenada- confesó bajando un poco la cabeza y rellenando de rosa su piel tan absolutamente blanca.

- ¿Pero por qué? – Como pueden ver, hacerme güey se me da bastante bien.

- Por lo de ayer en el Tokyo Bar.

- ¿Qué de ayer en el Tokyo Bar? - ¿Ya ven?

- Mhh... – dudó- es difícil de explicar. Me siento muy rara.

Cambié mi jugo de mano, se me ocurrió un chiste referente a las rarezas y a Japón, afloró mi humor negro, pero vi que la conversación iba muy en serio, de modo que decidí no contarlo y mucho menos reírme mentalmente, pues siempre me traiciono. En cambio contesté:

- ¿Rara?, ¿en qué sentido?

- No acostumbro a estar con alguien como lo estuve ayer contigo. No he recibido más que regaños de la gente de mi país que nos vio. Esta fuera de toda costumbre nuestra. Me han preguntado que si tu y yo somos novios y he contestado que no.

No respondí. Fue un minuto largo y denso. Silencio acribillador. Pero, ¿qué podía decir? Ella no me había preguntado nada y sabía, por experiencia, que cualquier cosa que intentara pronunciar para terminar esa densidad, sería una tontería (probablemente mi chiste que aún seguía vigente) que provocaría una situación más embarazosa aún. Así que finalmente preguntó:

- ¿Les he dicho bien?

- Lo contrario sería mentirles – articulé con cuidado, despacio, tratando de ser sutil, pues pronto fui consciente que mi cuerpo estaba en un estado de congelación total, pues faltaba una palabra mal utilizada, algún gesto o una barbaridad de mi parte para que México y Japón entraran en guerra y ¡la que me esperaba con Vicente Fox! ¿cómo explicarle que yo era un simple mexicano hormonal? Que ya me habían desterrado de mi país pero que en ocasiones me sentía Don Juan. ¡Oh Fox! ¡He faltado a la patria seduciendo japonesas! ¡Fusiladme!

- Sólo quería decirte – reanudó casi con ternura- que me siento mal y que… Mh... No sé…, no estoy muy segura de lo que quiero decir... ¿Tienes algún comentario?

- Bueno, sí –mi diplomacia salía nuevamente a mi rescate, ¿Ya ves Fox? ¡Nómbrame embajador! ¡De las Antillas Holandesas, si así gustaís! ¡No me fusiles!- que somos amigos, ¿no? Como lo hemos sido antes y como no hemos dejado de serlo.

- ¿Lo éramos antes? Nunca me habías dirigido la palabra. – preguntó extrañada.

- En cierta forma lo éramos.

- ¿En qué forma?

- No sé en qué forma, pero de seguro en alguna muy especial.

- No entiendo. – Japonesa, sin el surrealismo del mexicano. ¿Así cómo?

- Yo también me he perdido ya… Escucha, Japonesa, quiero decir, Kosué, somos amigos, compañeros 
de salón, tratemos de convivir en armonía. ¿Esta bien?- Y le tendí la mano.

- Está bien- ella la recibió con una coordial sonrisa.

Finalmente dejó la cocina. Presumo que no entendió del todo la situación, pero ¿quién osa comprender a un mexicano? Abrí finalmente mi jugo, que ya no estaba frío. De todas formas me lo tomé. ¡Oh Fox! 
¡Oh Fox! ¿Qué haremos con esta juventud?

Me veo también en una fiesta dentro de un departamento decorado todo en blanco y negro. Me veo platicando con Irene, la española que conocí en el 737. Ahí era su casa. El lugar estaba atestado de españolas, pues todas vivían ahí. Me recuerdo diciéndole a Irene lo mucho que se parece a Penélope Cruz. De igual forma, me veo hablando con su hermana, conversando de lo mucho que se parece Irene a Penélope Cruz. Me veo, dos horas más tarde, con otra mujer que me dice:

- Agapo, en toda la noche no has hablado de otra cosa que no sea Penélope Cruz.

- ¿De Penélope Cruz? – Pregunté con entusiasmo.

- Sí, de Penélope Cruz.

- ¿Verdad que es idéntica a Irene? – cuestioné con emoción.

- ¡Y dale con lo mismo! – respondía llevándose la palma de su mano a la frente.

Me veo, otra noche, platicando dentro de un antro con una hermosa mujer llamada Minerva. Mientras yo le enciendo su cigarro, ella habla de sus perfumes. Me veo tomándola de la mano mientras la conduzco a la pista de baile y reímos, bebemos y volvemos a reír. Me recuerdo contemplándola fijamente sin poder evitar el compararla con alguna cercana ex novia. Sus formas de hablar son idénticas. Me veo recibiendo su recordatorio de que tiene novio, al acercar mis labios a los de ella. Sin soltar mi mano, sin soltar mi abrazo, sin dejar de sonreírme, evitó mi in meditado beso. Me veo con el rostro confuso, diciéndole que cuál novio, que estoy cansado y que me quiero ir, cosa que finalmente hice. Me veo arrugando el papel que me dio con su número de teléfono, tirándolo dentro de una alcantarilla.

Las mujeres dicen una cosa y hacen otra. O, más bien, dicen una cosa a medias y hacen otra cosa también a medias.

Me veo en el Casino de Montreal, otra noche, solo después de muchas veladas de fiesta. Jugando y apostando en la ruleta. A veces ganando y a veces perdiendo, tal como me pasa con las mujeres. Este viaje era una especie de retiro meditativo y reformador, por llamar dulcemente a mi claro y precipitado destierro, pero las mujeres surgen, brotan, atacan y se agrupan.

No es tan raro que me dé por escribir. 

miércoles, 8 de mayo de 2013

Carta 7


Cartas en Montreal VII

QUE TRATA DEL TÉRMINO DE LA GUERRA EN POS DE LA CONQUISTA DE DANIELA Y, EN CAMBIO, AGAPO BUENDÍA EXPLORA NUEVOS HORIZONTES.


A lo largo de la historia de la humanidad, los expertos han coincidido que las decisiones más difíciles de cuanto personaje ilustre ha existido (hablando en términos bélicos) es la retirada. El dejar de pelear, claudicar y negociar el armisticio. En un sentido vulgar: doblar las manos. La verdad es que ya no tenía mucho qué hacer en el campo de batalla. Una excelente estrategia de mi rival, junto a la revalorización de lo que estaba buscando, me llevó a tomar esta decisión por las siguientes razones:

1) Creo que mi profunda atracción hacia Daniela fue más por la sensación que me daba el verla y sentir que efectivamente me encontraba con Ellen Page. Fue más la curiosidad y la increíble semejanza física que admiración hacia ella, sin negar que pasé momentos tan agradables aquí mencionados. Pero quizá lo que quería era sentirme novio de una estrella de Hollywood.

2) Sea como sea, no sólo Daniela cambió su actitud amable, sino todo el salón para conmigo. Karla expandió sus fronteras y ni La Amable Japonesa, ni los otros mexicanos del salón, ni obviamente Karla, me hablan. Desconozco qué tanto habrá dicho y no es que sufra por ello, pues a final de cuentas el próximo martes tendré otro salón y ellos estarán de regreso en México. Pero no deja de ser una sensación triste que no una, sino varias personas, te eviten. Y aunque el rechazo fue primero de mi parte (pues me limitaba a saludar únicamente a Daniela y no me ha interesado conocer a nadie más) sí llega a ser difícil que en tus primeros días, en una tierra lejana donde conoces poca gente, paisanos tuyos (¡paisanos!) no te dirijan la palabra. Pos bueno.

La Academia organizó un convivio de comida internacional en donde cada alumno tenía que llevar algún platillo típico de su país, pero yo no participé porque soy nuevo y el proyecto lo encargaron desde antes de mi llegada. La verdad me dio pena ajena el probar la comida de la mesa de los mexicanos con un horripilante mole y unos disque chilaquiles aguados que daba asco el sólo verlos. En cambio, y para mi mayúscula sorpresa, la comida africana me sedujo con un bacalao exquisito.

Se acercó Natalia, la niña de México con quien fumé ayer fuera del edificio (y que también está relegada del grupo) y me ofreció una extraña bebida de Túnez. Deliciosa. Como sabiendo ya lo que estaba pasando en torno a nuestros compañeros, comentó:

-       No debes hacer un esfuerzo por encajar con ellos, tú eres diferente, se te nota enseguida.

-       ¿A qué te refieres? – hice como si no supiera.

-       Te he visto con Daniela. He escuchado lo que Karla dice sobre ti. Lo mejor es que te alejes, son 
demasiado snobs, los conozco mejor que tú.

-       Realmente conecté con Daniela, ahora apenas y me habla, ¿Sabes por qué?

-   Karla ha estado hablando de ti, creo dijo que le propusiste que se acostaran y como te dio negativa, que ahora andas tras Daniela. Y que así, andas tras de todas.

-    ¿Te cae? – Reaccioné de lo más incrédulo, pues nadie en su sano juicio podría pensar en acostarse con Karla.

-      Algo así han mencionado. Total ya te ven como un buscón abusivo y no como uno más del grupo de mexicanos.

-       ¡Pero qué injusta ha sido Karla! ¡Eres la segunda mujer con la que hablo desde que llegué a la Academia! Sólo he buscado a Daniela y por supuesto que no le he propuesto nada. Al contrario, pensé que todo estaba inocente y bonito.

-       A mi no me molestaría que me lo propusieras – disparó de pronto.

-       ¿El qué? – Pregunté con toda la torpeza posible del mundo entero.

-       ¿Cómo el qué, tontín? Lo que Karla anda difundiendo.

-        Oh… - expresé con media sonrisa de Don Juan.

-       Pues sí: oh…- me imitó.

-       Te lo propongo, entonces.

-       Acepto, entonces.

-       ¿Vamos ya? – preguntó el urgido.

-       No, no, claro que no. Hoy no. Acepto, pero no digo cuándo.

-       ¿Entonces cuándo? – No supe bien hilar la conversación.

-       Dejemos que se dé. Ya llegará el momento adecuado, pero sí te advierto que debes juntarte más 
conmigo y dejar de andar tras Daniela.

-       ¡Hecho! – así de fácil vendí a Daniela.

-       Hecho pues. – se puso de puntitas y me clavó un beso en la boca.

-       Hecho – repetí ya inecesariamente.

Natalia caminó hacia otras mesas y entabló conversación con otras personas. Yo no supe si seguirla, imitarla o largarme de ahí. Realmente mi último “hecho” me hizo sentir muy estúpido. Lo que hice fue pensar: ahí estaba yo, desterrado de mi tierra tan lejos, en Montreal. Y lo estaba por andar de travieso con las mujeres. Ahora una mujer se me proponía y decía que sí a la primera. ¿Por qué hacía eso? ¿Por qué me seguía involucrando? Pero ¿cómo no hacerlo? Siendo Natalia tan guapa y sobretodo con ese aire elegante y sofisticado, irradiando esa independencia que la volvía tan sexy. En fin, yo sólo era una víctima en el mundo. Las mujeres se acercaban y me usaban y yo no sabía qué hacer. A este paso terminaré en el remoto Liechsteinstein sin poder salir ni vivir ya en ningún lugar.

Me quedé parado, literal, como tonto. No hacía más que estar ahí. Veía a Daniela a la distancia, con Karla y los demás mexicanos riendo yendo de mesa en mesa probándo todos los bocados. Natalia también iba de grupo en grupo lanzándome ocasionalmente coquetas miradas. Sabía que la observaba, se movía y me regalaba su mejor perfil. Nuevamente me regresaba la mirada y sonreía seductora. Hasta una seña me hizo con la mano y apuntó en su cuerpo pero no la supe interpretar. Pasó más tiempo. Me senté en la mesa española y me serví paella. Comí en silencio.

Terminé, busqué a Natalia y le regresé el beso. Sin decir palabra ni hacer nada más salí del lugar. La mujer que me conozca debe saber que he visto demasiadas películas.

Bajé por el ascensor, salí del edificio y me puse a caminar. Encendí un cigarro y ahora lo fumé con pose de Marlon Brandon. Lo terminé, tomé el metro y llegué al Eaton Centre, el mall de Montreal. Me acerqué al cine, compré un ticket para Insomnia con Robin Williams y Al Pacino y entré. Pasaron dos horas. Dejé el Mall y sin tomar el metro recorrí calles. Calles modernas. Con edificios enormes, cristalinos y limpios. Coloridos e imponentes. Visité Chinatown. Me acerqué incluso al festival Internacional de Jazz. Caminé, caminé y caminé. Llegué al viejo Montreal con su afrancesada arquitectura. Otro cigarro, ahora a la Humpery Bogart. Paseé en silencio por el viejo puerto. Seguí caminando. Subí a la torre del reloj que funje como faro ascendiendo sus 190 escalones. Encontré la vista de todo Montreal impresionante.

Bajé la torre, encendí otro cigarro y seguí caminando.

Y caminando y caminando... 


martes, 7 de mayo de 2013

Carta 6


Cartas en Montreal VI

QUE TRATA DEL FUERTE GOLPE AL HÍGADO QUE SUFRE AGAPO BUENDÍA POR PARTE DE KARLA Y QUE LO DEJARÁ NOQUEADO EL RESTO DEL DÍA.

Era el segundo día de la gran batalla. Me había esforzado por llegar temprano a la Academia para preparar mi terreno y poder maniobrar como antiguo general de guerra, con el clima y suelo a mi favor. Entré al salón creyendo ser el primero y con toda la seguridad que siente el dueño del terreno, pero lo primero que vi me paró en seco, Karla estaba sentada en mi lugar. ¡En mi lugar! ¿Por qué? ¿Qué hacía ahí? Mi enemiga ocupando mi sitio deliberadamente, con toda la alevosía. En donde me siento, esfuerzo y trabajo. En donde controlo mi hábitat. Ocupado por mi contrincante. ¡Qué inteligente estrategia! Ese era un excelente golpe hacia mi estado anímico. No me quedaba más que sentarme a un lado de la Amable Japonesa y fingir con todas mis dotes de actor que no me había importado. Es más, que ni cuenta me había dado. ¡Pero me dolia! ¡Méndiga, méndiga Karla! Ya estaba. El primer golpe. No en balde, Karla se dejó ganar ayer, pues estaba preparando algo más grande. Supongo me estuvo estudiando a lo lejos mientras la conversación de los Cuentos Peregrinos y mis cortejos de Don Juan.

Sufro al hablar en francés. Lo leo bien por su similitud con el castellano y lo escucho apenas bien, pero el hablarlo me ha martirizado en estos primeros días. No estoy acostumbrado a hacer gárgaras con todo el estilacho ni a mover los labios en formas tan extrañas, como pidiendo un beso de trompita. ¡Hasta sudo cuando lo hablo! Afortunadamente la clase pronto terminó y de inmediato fui en búsqueda de Daniela al segundo nivel, pues noté que Karla aún trabajaba en los verbos en pasado. Yo, en calidad de oyente, pude brincarme el ejercicio. La encontré inmersa en la lectura de una revista:

- ¡Hola!- saludé con, la neta, dulzura.

- Ah…, Hola…- contestó indiferente.

Otro golpe al hígado. Golpe inesperado. ¿Por qué la frialdad y el apenas voltearme a ver? Karla estaba detrás de esa actitud tan desconocida en Ellen Page, digo, en Daniela. Sofocado, sosteniéndome sin fuerzas en las cuerdas del ring, logré decir algo y alejarme con toda dignidad, actuando nuevamente como si yo no lo hubiera notado. Pero era más que claro: Daniela no era Daniela. Un indiferente "Ah, hola" no podía surgir de ella en forma natural. Karla había hecho muy bien su parte. Desconozco sus palabras, lo que hablaron durante la noche, en mi ausencia, pero logró que Daniela cambiara radicalmente su actitud para conmigo.

Salí del edificio. Crucé la calle para comprar cigarros y un encendedor. Regresé y encendí uno tratando de parecer Cary Grant y quién sabe. De hecho se acercó una compañera de la Academia a quien había visto de lejos y que siempre anda sola. Resultó también ser mexicana y platiqué largo rato con ella, se llama Natalia y dice que no se halla con nadie de las clases, que las mexicanas le caen mal, las japonesas y los demás. Que le gustó mi forma de fumar y que espera nos llevemos bien. Yo también lo espero. Minutos más tarde opté por regresar al campo de batalla. Natalia había sido interesante pero Daniela era quien realmente ocupaba mi mente. Ella, ahora frente al monitor de la computadora, seguía sin rostro.

-  ¿Cómo estas?- interrumpí

- Bien. – No más.

- Daniela, voltea a verme.

- ¡Es que estoy leyendo un artículo!

- No, no. ¡Voltea! Voltea a verme.

Giró su cabeza y me vio. Yo seguía siendo el mismo, con mi cara tan seria pero a la vez de chiste. Ella, igual, tan Ellen Page que podían demandarla. No dijimos nada. Pero de alguna forma le comuniqué con el silencio que yo era una buena persona, que no le haría ningún mal. Que no tenía por qué portarse así.

- ¿Todo está bien? Te notó extraña.

- Sssssí..., bien…- respondió confusa.

- Entonces me despido…¡Adiós!

Y como bien puedes adivinar: me fui.

Vaya batalla la de esta tarde. Es difícil tener que marcharte con aires de indiferencia y de control total, cuando en el ánimo se desea permanecer ahí y revivir las delicias del día anterior. Karla, haya hecho lo que haya hecho, lo hizo muy bien. Yo había perdido la segunda batalla, pero logré esquivar la caída. Salir con estilo siempre produce algo en quien te rechaza, eso es un hecho.

Regresé a casa meditabundo, casi pateando piedras del camino, pensando: "Lo peor que me puede pasar ahora, es encontrarme a Igor. Podría ver a cualquier persona en el mundo, excepto a Igor. Estoy cansado, abrumado, me siento tan débil y él absorbe toda mi energía. No quiero hablar, ni sonreír, ni ser molestado".

Arribé a la casa de Mr Jean para buscar mi porción de comida, pero decidí entrar por la cocina para evitar saludos.

- ¡Hola Agapo!- Era Igor.

Debo reconocer que sus intenciones son las mejores. Ha visto que mi amistad con Denisse, Julio y Yered son de risas y convivencia y supongo busca con quien conversar. Me acompañó a comer, siempre platicando e incluso se preocupó por mís cosas: cómo voy en clase, si me siento contento, si ya me he adaptado. Pero habla mucho en francés con ése acento hebreo que me confunde aún más. Y como muchas cosas no le entiendo, me regaña indignado porque no hago un esfuerzo. Me reprocha mi falta de concentración, pero yo no daba más. La verdad hice un esfuerzo monumental para no irritarme. Igor terminó su perorata y paradisiacamente salió de la cocina como un regalo maravilloso que la vida me concedió. Gocé de mi exquisita soledad tan sólo dos minutos. Apareció Yered, preguntando:

- ¿Cómo se llama éste güey?

- Igor.

- No, ¡el otro güey!

- Veder.

- ¡No!, ¡éste otro güey!

- Julio.

- ¡No! ¡el otro!

- ¡No mames!- lo regañé, ahora sí, fuera de mi límite- ¡Somos doce, cabrón! ¿Me vas a hacer decir los nombres de todos, uno por uno, hasta que le atine? ¿Eh? Cabrón…

Yered se me quedó viendo, sin hablar, sin saber qué mal había hecho ni cuál era la razón de su existir. Decidió quedarse callado.

Para acabar con esta historia y con mi mala suerte, Juan Carlos y su esposa, los dueños de la casa en donde realmente vivo, me estuvieron esperando para llevarme a conocer una calle a las afueras de Montreal en donde venden todo tipo de musica, películas, objetos de colección y posters. Cosas que me gustan. Hay que ir en carro, pues ni el camión ni el metro llegan hasta allá. Se fueron sin mí. Tomaron fotos, platicaron, cenaron e hicieron hartas compras. Hasta se toparon con una cantante famosa de por aquí y les firmó un poster y un cd. No dejaban de platicarme lo bien que lo habían pasado y lo tonto que fui por no llegar a tiempo.

Entré a mi cuarto. Me dejé caer boca abajo y sin pensar más ni en musas ni lunas llenas, me quedé profundamente dormido.