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viernes, 28 de junio de 2013

Carta 40. Fin.


Cartas en Montreal XL

QUE TRATA DE CUANDO AGAPO BUENDÍA ES EXPULSADO DE LA CASA DEL BIG JEAN, SE DESPIDE TRISTEMENTE DE TODOS SUS AMIGOS, TOMA SUS MALETAS, SUS RECUERDOS, SUS VIVENCIAS Y CON GRAN ÁNIMO PERO CON NOSTALGIA EN SU CORAZÓN, REGRESA FINALMENTE A CASA.


Esta es mi última noche en Montreal y mi corazón se entristece. Mi cuarto verde luce del todo distinto, totalmente ajeno a como lo conozco. Mi ropa con la que realizaré el largo viaje de regreso se encuentra esperando en un cajón. Todo lo demás, absolutamente todo lo demás, ya está empacado y listo para volver conmigo a casa. Mi casa.

Si bien es cierto que esta última noche la he pasado felizmente con mis amigos, no imaginé que la despedida fuese a ser tan dura y difícil. Nos hemos dado el último abrazo, pues yo viajo exageradamente temprano por la mañana y nos será imposible vernos de nuevo: Yered no dejaba de tener su brazo sobre mis hombros a manera de medio abrazo. No hablaba, no decía nada. Simplemente me mantenía abrazado. Era su forma de despedirse y de decirme que me apreciaba.

Miguel, mi mejor amigo aquí, pintaba en su rostro su eterna sonrisa, pero sus ojos me decían adiós. Una y otra vez me proponía que me quedara más tiempo, pero yo tengo que regresar a donde los míos me esperan. Mi adorada camisa de la Selección Nacional, la original con la que acaban de jugar el Mundial y que yo me ponía para todos lados con orgullo, se la he regalado. Siempre que la usaba no dejaba de admirarla y de decirme que qué chingona estaba, que por favor le enviara una, que él me la pagaba. Ya no hace falta, ya es suya. Miguel hace mucho que no va a México y no podrá ir en los próximos tres años, pues busca la nacionalidad canadiense. Mi obsequio fue una sincera muestra de agradecimiento por su valiosa amistad.

Sentí angustia en mi garganta cuando me despedí de Julio. Un fuerte abrazo y luego su voz:

- Le trajiste mucha alegría a esta casa, vos.

Gracias Julio, gracias en verdad. Gracias Miguel y gracias Yered. Ustedes, junto con Giovanni y Julia son lo más valioso que me llevo de este viaje. Mis vivencias, mis relatos, mis anécdotas, toda mi experiencia aquí, esta historia, todo giró entorno a ustedes y ahora forman y formarán parte de mi vida. Gracias amigos.

Dí la mano a Veder, a Yoshi, a Igor, a Alí. Era mi despedida, hablábamos de mí, recordamos anécdotas, reíamos a carcajadas y estábamos todos tristes. Sólo César estuvo ausente porque resultó que tiene criterio y se supo no grato. Mr Jean me dio algunos consejos para el viaje de regreso y me dijo que me espera sin falta el próximo verano, que nunca dudara que ahí es mi casa y que me veía como a un hijo. ¡No me haga llorar Mr Jean, por favor! Le dije que por supuesto que aquí estaré, sabiendo que es imposible, pues me espera una vida de independencia y trabajo. Quizá alguna vez lo visite en un viaje de placer, pero me llena de terror que se repita la historia con mi casa en Toronto. No soportaría otro abandono.

Miguel fue quién me acompañó a la puerta. Volvimos a abrazarnos con fuertes golpes de espalda. Deseaba que esa despedida se terminara de una vez. Las palabras de Julio, la mirada de Yered, la tristeza de Miguel, la bendición de Mr Jean me habían hecho hacer puchero. Mis ojos y garganta no podían más. Le dije a Miguel que quisiera mucho a su hija, que siguiera siendo tan excelente persona como es. Finalmente nos dijimos un hasta pronto...

Salí de la casa de Mr Jean para dirigirme a la mía y, solo por fin, las lágrimas brotaron. Atrás dejaba a mis amigos quienes fueron clave para que no viviera una soledad extrema. Mis compañeros, mis amigos, mis hermanos. Fieles caballeros de nuestras batallas en donde derrotamos dragones y besamos doncellas. A ellos les tocaba otro guión en esta vida tan extraña: se quedaban en Montreal y yo me despedía. Marchaba a casa, rumbo al desierto, a mi carrera, a mi realidad. 

Ahora estoy aquí, recostado en el piso de madera, en este cuarto verde ya sin objetos. Tan obsoleto como una celda de monasterio. Todas mis cosas guardadas en esa fría maleta. Sólo mi ropa de mañana y mi libro que me acompañará en el camino. Mi última noche. Triste noche, has sido cruel esta vez. Mañana, antes de que inicie el nuevo día, tomaré mis cosas y saldré de esta casa.

Esta aventura ha terminado y yo te agradezco profundamente que hayas sido partícipe de estas Cartas, tan tuyas, porque por las noches fielmente y entusiasmado, me he sentado cuaderno en rodillas, pluma en mano, invocando la inspiración para escribirte y regalarte estas Cartas, a ti, que me lees. Gracias por tu paciencia, tiempo y compañía.

Mientras tanto, te escribo para calmar mi tristeza. Siento que termina una feliz etapa en mi vida que no se repetirá y eso, más las despedidas, me han puesto muy nostálgico. Las horas se consumen y no dejo de escribir. Mi cuarto verde me observa, con cierto reclamo, mío por última vez. Mi cama, mi almohada, mis cajones, saben que me voy. Todo lo que hago o digo en estas horas es dicho o hecho por última vez.

La noche es tan silenciosa, Montreal es tan bello, respiro y pienso. Veo por la ventana, sentado con familiaridad con el alma más tranquila. Observo el cielo, agradeciendo al universo mi pequeño existir. Casi todas las estrellas me acompañan con su elegante brillo.

Me gusta tanto que se vean así.


FIN



Alejandro Rodríguez Santibáñez
Montreal, Canadá
Verano del 2002

miércoles, 26 de junio de 2013

Carta 38


Cartas en Montreal XXXVIII

QUE TRATA DE ALGUNAS MEDITACIONES QUE HACE AGAPO BUENDÍA SOBRE ESTE VIAJE Y DE CÓMO REPRESENTA A SU ACADEMIA DE FRANCÉS EN UN EXAMEN ESTATAL.


Me sería muy difícil, y a ti muy tedioso y confuso, anotar a cada persona que conozco aquí y hacer de él o de ella un personaje. A pesar de que he realizado un gran esfuerzo por omitir nombres en estas Cartas, las personas que he nombrado son ya muy numerosas y corro el riesgo de que el lector ya no sepa si quién es quién. Es posible que en el futuro alguien que ha formado parte de este viaje, lea estas Cartas y no vea su nombre en ellas, pero tendrán que comprenderme.

También es difícil que cada día haya algo qué contar. Por supuesto en los primeros días sí hay y mucho, como habrás notado que te escribía sin falta una carta cada noche, porque todo es nuevo, sorpresa y causa impresión. Con el paso de las semanas se vuelve rutina y una anécdota en la clase de francés, en la casa o en el metro, tiene que tener muchos elementos para ser relatados porque sino caigo en lo que lamentablemente muchos escritores hacen: cumplir con cierto número de páginas (aunque ellos cuentan palabras) y si yo tuviera esa visión, caería en sus mismos vicios, mis Cartas se leerían así: “Me levanté, fui al baño, me vi al espejo, lavé mis dientes, abrí la llave del agua, sentí que ya estaba tibia, me metí bajo el agua, entonces me puse a pensar, tomé el shampoo…”  Para mi, lo más importante en mi escritura es la síntesis de las ideas y tratar de relatarlas con mucha sinceridad en las emociones experimentadas. Si con ello te hago reír, pasar un buen momento o te provoco alguna nostalgia, entonces me daré por bien servido.

Uno cuando viaja a estudiar algun idioma piensa que es eso precisamente lo que aprenderá, un idioma. Y si bien es cierto que al regreso puedes estar hablando inglés o francés, lo realmente aprendido es otra cosa. Este tipo de viaje te enseña a dos cosas: a vivir y a sobrevivir. Por eso considero importante experimentarlo. El aprendizaje que conlleva cuidar de ti mismo, la elaboración de tu comida, el lavado de tu ropa, las distancias, el vivir lejos de tus padres, hermanos y amigos de vida para sobrevivir en una auténtica jungla que es cualquier metropoli.

En la casa en donde vivimos, la famosa casa del Big Jean, hay diferenties tipos de tarifa. Si eres de cierto abolengo puedes tener la vida resuelta, pagando. Las tres comidas incluídas, lavandería, planchado y hasta transporte, pero creo que se perdería del todo la escencia de lo que uno realmente viene a aprender, destetarse, buscar cómo hacerlo, cómo moverte, cómo ser, cómo funcionar.

En lo particular, tengo sólo el dinner resuelto, que es como la cena, aunque se sirve a las 6 pm, horario impensable en México para comer. Mr Jean, como si fueramos personajes huérfanos de Oliver Twist, nos prepara en grandes hoyas espaguetti, arroz, verduras al vapor y ya. El desayuno y lunch corren por mi cuenta. Puedo usar la cocina y prepararme, como he hecho por las mañanas, pero tengo que hacer mi propio mandado. Lavo, como has notado. Y la planchada es obligatorio llevarla a un local cercano que lo hace muy barato, pues por experiencias de los Lordland, como se les dice a los que hospedan estudiantes, la plancha en manos inexpertas de estudiantes, disparan el recibo de luz.

Digo todo esto, porque precisamente Yered tiene el paquete completo, todo resuelto. Persuadido por nosotros con el paso de las semanas, haciéndole saber la importancia de la autosuficiencia y el real objetivo de vivir en el extranjero, convino con Mr Jean no pagar su lavandería por este mes y hacerla él mismo. El resultado es el siguiente:

- ¿Qué tienes Yered? – preguntó Miguel.

- Nah…, Mr Jean se estuvo riendo mal plan de mi.

- ¿Por qué? – Pregunté.

- Nah…, pero de forma exagerada. Como veinte minutos seguidos. No paraba de hacerlo.

- ¿Pues qué hiciste? – Julio.

- Le dije que me ayudara a lavar mi ropa, pues nunca en mi vida lo había hecho.

- ¿Y por eso se rió? – Miguel.

- No, no por eso. Dijo que sí, que con todo gusto.

- ¿Entonces? – Su servidor.

- Entonces me pidió que separara la ropa y me dio dos canastas para poner la ropa en ellas.

- ¿Y?

- ¿Y? Que fui a mi cuarto y separé mi ropa: en una canasta puse las camisas y en otra los pantalones.

Pobre Yered, buscaba consuelo en nosotros y se encontró con un torrente de risas mayores y más burlones que los de Mr Jean. También nosotros duramos un  buen rato riendonos de él. Al final nos comentó que había aprendido que separar la ropa significa la blanca con la de color. Al poco rato, a manera de consuelo, le platiqué de cuando quemé la secadora. Pareció ayudarle, al menos.

Por último te platico que hubo una revisión de Instituciones Académicas y fue el turno de nuestro colegio de pasar la prueba. Los inspectores iban a hablar con algunos de los alumnos para cerciorarse de que estuvieran progresando y aprendiendo. Mi nombre salió elegido (tan salados, los de mi Academia) y me llevaron a un cuarto con una inspectora. Rígida, malévola y vieja, me observaba. Mis manos comenzaron a sudar. Pronto comenzaron las preguntas y mi boca despedía bellas palabras en francés, bien pronunciadas y con un buen orden gramatical. Todo iba muy bien. De imprevisto, de golpe, me preguntó la fecha de hoy, cosa que no sabía. Es decir, no lo sabía en ningún idioma. Simplemente no la había checado, nunca la checo aquí, para qué, si ya todos los días tenemos fiesta, bares y japonesas. Pero eso bloqueó mí mente: perdí la confianza, después la seguridad y en una acción de plena honestidad, sólo mencioné, en francés:

- Perdón, la verdad es que no sé a qué dia estamos.

- Estamos a 14, ahora dime la fecha completa.

- ¡Ah, ok!. Gracias. Hoy es 14 de agosto de...

¡Chíngale!- pensé- ¿cómo se dice 2002? ¿Como en inglés? No, como en inglés no, aquí es diferente. 
¡Pero si yo lo sé decir! ¡Muchas veces en clase he dicho 2002 en francés! ¡¿Cómo se dice?! ¡¿Cómo se dice?!

 - ¿Y bien? - interrumpió la inspectora mis pensamientos- estamos a 14 de agosto del...?
-    ¿Del presente año?

Un crack este Agapo Buendia. Mientras lo decía, me arrepentía de lo que estaba diciendo, pero fue todo lo que se me ocurrió. Algo tenía que contestar y, viéndolo muy pero muy objetivamente, yo tenía razón. Como esperanza, deseaba al menos que ella se riera. No lo hizo. Me dio las gracias y salí de ahí. ¡Del presente año!

Desconozco si pasamos la prueba.

lunes, 24 de junio de 2013

Carta 36


Cartas en Montreal XXXVI

QUE TRATA DE CUANDO AGAPO BUENDÍA SE DETIENE A ESCRIBIR LUEGO DE CONTINUAS NOCHES DE FIESTA QUE LO HAN PRIVADO DE TRANQUILIDAD Y SOLEDAD. AL MISMO TIEMPO QUE DICE ADIOS A GIOVANNI, QUIEN FUE EL EXPULSADO DE LA CASA Y HA REGRESADO A VENEZUELA. NO OBSTANTE, AGAPO BUENDÍA HA SIDO NOMINADO NUEVAMENTE JUNTO CON CÉSAR PARA SALIR DE LA CASA DEL BIG JEAN. MIENTRAS TODO ESTO SUCEDE, LA JAPONESA PORNO BUSCA A AGAPO PARA DISIPAR SUS DUDAS Y OBTIENE COMO RESULTADO MUCHAS, MUCHAS DUDAS MÁS.


Han pasado cuatro o cinco noches en las que no me he sentado a escribir. Al ser estos los últimos días para la mayoría de nosotros, surgen fiestas y despedidas incontrolablemente, lo que provoca mi desvelo y mi tarde despertar a la mañana siguiente, donde apenas alcanzo a hacer mi tarea, preparar algún desayuno y tomar un buen baño.

Hemos resentido y mucho el adiós de Giovanni. Era él quien había tomado el papel protector y pacífico del grupo y un enorme silencio aturde la cocina ante la ausencia de su voz. Se han terminado las tardes de cerveza y vino tinto en su balcón y su alegría al hablar. Giovanni se ha ido.

Como bien recordarás, los nombres de Giovanni y Agapo nominaban a los posibles expulsados, y, aunque Agapo se salvó, nuevamente junto con César ha sido nominado. La próxima expulsión será este domingo, veremos qué pasa.

Imágenes llegan a mi mente mientras retrocedo algunos días en el tiempo: Me veo en la cocina del colegio comprando un jugo en una máquina de monedas al día siguiente del episodio en el Tokyo Bar con la Japonecita Porno, quien, en ese mismo instante, aparece de la nada y me asalta diciendo:

- Agapo, ¿tienes un minuto? – preguntó con tétrica seriedad. De haber sido mi novia, sabría que lo que 
seguiría sería el cortón de la relación.

- Claro que sí, dime. – Contesté, como siempre, amable.

- Estoy muy apenada- confesó bajando un poco la cabeza y rellenando de rosa su piel tan absolutamente blanca.

- ¿Pero por qué? – Como pueden ver, hacerme güey se me da bastante bien.

- Por lo de ayer en el Tokyo Bar.

- ¿Qué de ayer en el Tokyo Bar? - ¿Ya ven?

- Mhh... – dudó- es difícil de explicar. Me siento muy rara.

Cambié mi jugo de mano, se me ocurrió un chiste referente a las rarezas y a Japón, afloró mi humor negro, pero vi que la conversación iba muy en serio, de modo que decidí no contarlo y mucho menos reírme mentalmente, pues siempre me traiciono. En cambio contesté:

- ¿Rara?, ¿en qué sentido?

- No acostumbro a estar con alguien como lo estuve ayer contigo. No he recibido más que regaños de la gente de mi país que nos vio. Esta fuera de toda costumbre nuestra. Me han preguntado que si tu y yo somos novios y he contestado que no.

No respondí. Fue un minuto largo y denso. Silencio acribillador. Pero, ¿qué podía decir? Ella no me había preguntado nada y sabía, por experiencia, que cualquier cosa que intentara pronunciar para terminar esa densidad, sería una tontería (probablemente mi chiste que aún seguía vigente) que provocaría una situación más embarazosa aún. Así que finalmente preguntó:

- ¿Les he dicho bien?

- Lo contrario sería mentirles – articulé con cuidado, despacio, tratando de ser sutil, pues pronto fui consciente que mi cuerpo estaba en un estado de congelación total, pues faltaba una palabra mal utilizada, algún gesto o una barbaridad de mi parte para que México y Japón entraran en guerra y ¡la que me esperaba con Vicente Fox! ¿cómo explicarle que yo era un simple mexicano hormonal? Que ya me habían desterrado de mi país pero que en ocasiones me sentía Don Juan. ¡Oh Fox! ¡He faltado a la patria seduciendo japonesas! ¡Fusiladme!

- Sólo quería decirte – reanudó casi con ternura- que me siento mal y que… Mh... No sé…, no estoy muy segura de lo que quiero decir... ¿Tienes algún comentario?

- Bueno, sí –mi diplomacia salía nuevamente a mi rescate, ¿Ya ves Fox? ¡Nómbrame embajador! ¡De las Antillas Holandesas, si así gustaís! ¡No me fusiles!- que somos amigos, ¿no? Como lo hemos sido antes y como no hemos dejado de serlo.

- ¿Lo éramos antes? Nunca me habías dirigido la palabra. – preguntó extrañada.

- En cierta forma lo éramos.

- ¿En qué forma?

- No sé en qué forma, pero de seguro en alguna muy especial.

- No entiendo. – Japonesa, sin el surrealismo del mexicano. ¿Así cómo?

- Yo también me he perdido ya… Escucha, Japonesa, quiero decir, Kosué, somos amigos, compañeros 
de salón, tratemos de convivir en armonía. ¿Esta bien?- Y le tendí la mano.

- Está bien- ella la recibió con una coordial sonrisa.

Finalmente dejó la cocina. Presumo que no entendió del todo la situación, pero ¿quién osa comprender a un mexicano? Abrí finalmente mi jugo, que ya no estaba frío. De todas formas me lo tomé. ¡Oh Fox! 
¡Oh Fox! ¿Qué haremos con esta juventud?

Me veo también en una fiesta dentro de un departamento decorado todo en blanco y negro. Me veo platicando con Irene, la española que conocí en el 737. Ahí era su casa. El lugar estaba atestado de españolas, pues todas vivían ahí. Me recuerdo diciéndole a Irene lo mucho que se parece a Penélope Cruz. De igual forma, me veo hablando con su hermana, conversando de lo mucho que se parece Irene a Penélope Cruz. Me veo, dos horas más tarde, con otra mujer que me dice:

- Agapo, en toda la noche no has hablado de otra cosa que no sea Penélope Cruz.

- ¿De Penélope Cruz? – Pregunté con entusiasmo.

- Sí, de Penélope Cruz.

- ¿Verdad que es idéntica a Irene? – cuestioné con emoción.

- ¡Y dale con lo mismo! – respondía llevándose la palma de su mano a la frente.

Me veo, otra noche, platicando dentro de un antro con una hermosa mujer llamada Minerva. Mientras yo le enciendo su cigarro, ella habla de sus perfumes. Me veo tomándola de la mano mientras la conduzco a la pista de baile y reímos, bebemos y volvemos a reír. Me recuerdo contemplándola fijamente sin poder evitar el compararla con alguna cercana ex novia. Sus formas de hablar son idénticas. Me veo recibiendo su recordatorio de que tiene novio, al acercar mis labios a los de ella. Sin soltar mi mano, sin soltar mi abrazo, sin dejar de sonreírme, evitó mi in meditado beso. Me veo con el rostro confuso, diciéndole que cuál novio, que estoy cansado y que me quiero ir, cosa que finalmente hice. Me veo arrugando el papel que me dio con su número de teléfono, tirándolo dentro de una alcantarilla.

Las mujeres dicen una cosa y hacen otra. O, más bien, dicen una cosa a medias y hacen otra cosa también a medias.

Me veo en el Casino de Montreal, otra noche, solo después de muchas veladas de fiesta. Jugando y apostando en la ruleta. A veces ganando y a veces perdiendo, tal como me pasa con las mujeres. Este viaje era una especie de retiro meditativo y reformador, por llamar dulcemente a mi claro y precipitado destierro, pero las mujeres surgen, brotan, atacan y se agrupan.

No es tan raro que me dé por escribir. 

sábado, 22 de junio de 2013

Carta 35



Cartas en Montreal XXXV

QUE TRATA DE CUANDO AGAPO BUENDÍA CORTEJA EN UN BAR A LA JAPONECITA PORNO, QUIEN LO DETIENE EN SECO CUANDO EL PROTAGONISTA DE ESTA HISTORIA INTENTA IR MÁS ALLÁ (QUE ACÁ).


Esa misma tarde, como parte de las actividades de la Academia de Francés, volveríamos a ir al Tokyo Bar, aquel lugar en donde anteriormente derramé cervezas sobre mi propia ropa, sobre las personas y sobre todas las cosas.

Durante el transcurso de las clases, impacientes nosotros por su finalización, intenté defender ante mi maestro el idioma español, cosa que a final de cuentas no pude hacer, dado que el maestro argumentó que en castellano decimos  erróneamente: “Soñé contigo”. Y que eso no se puede.
Sucede que me pusieron a leer un texto en francés y en una frase decía: soñé de verano. De modo que cuestioné:

- ¿Cómo que soñé de verano?

- Sí - contestó el maestro- el hombre se durmió y soñó de verano.

- ¿Soñó de verano?

- ¿Qué es lo que no entiendes?

- ¿Soñó de verano? ¿Qué quiere decir eso? No le encuentro sentido alguno.

- Pues que en su sueño, había ahí un verano.

- ¡Ah! - repliqué- soñó CON el verano.

- ¡No! ¡No! ¡Eso no se puede!

- ¿Soñar con el verano? ¡claro que si!

- ¡No! ¡Uno no puede soñar con nada ni con nadie! Ustedes los que hablan español dicen a menudo a otras personas: soñé contigo, pero eso es imposible.

- Entonces ¿con qué se puede soñar, sino es con alguien o con algo? En mis sueños, siempre sueño con personas.

- ¡Que eso no se puede!

- ¡Que sí se puede!

- ¡Que no!

- ¡¿Y por qué no?! – Yo ya estaba desesperado.

- Porque eres tú solo el que sueña. Puedes caminar con alguien, comer con alguien, incluso dormir con alguien. ¡Pero no soñar! El soñar es individual. Dos personas no pueden hacer el mismo sueño. No puedes decir soñé contigo porque no soñaste con esa persona, sino de esa persona.

- Si en un sueño aparece un conocido, soy yo solo el que sueña tal sueño, no con alguien más, de modo que a la mañana siguiente le digo, ¿soñé de ti?

- ¡Así es!

- No mame, profe. - esto dicho en español.

- ¿Cómo?

- Que ya entiendo.

- Ok, prosigamos...

Después de pensarlo y meditarlo bien, sí le encontré lógica a sus argumentos y aunque, se escucha incompletamente fatal, mi maestro tuvo mucha razón. El soñar es individual y soñamos de las cosas, no con las cosas.  

Acabó la clase junto con la discusión y alegremente nos dirigimos al Tokyo Bar. Yo llevaba dinero extra, dado que la noche anterior había ganado 100 dólares canadienses en el casino de Montreal, jugando simplemente a la ruleta y apostado sólo a los colores, como aprendí leyendo El Jugador del gran Dostoievski.

De modo que era hora de disfrutar de mis ganancias y apenas instalados los miembros de toda la Academia, pedí mi primer cerveza a la vez que encendí un cigarro. Parece que Natalia ha perdido interés en mi. Desde que me escondí, viajé deliberadamente, falté a clases y dejamos de vernos casi no sé de ella. A penas me saluda a veces en los pasillos y nada más. Tampoco he querido preguntar si todo está bien, supongo hay que dejar a las cosas seguir su propio camino. La vi de lejos y ahí estaba, muy bella, rodeada de los nuevos estudiantes recién llegados de México. Seguro ellos serán más sanos para ella que yo. No me considero mala persona, pero mi situación emocional actual no da para más. Soy como un ave fénix aún en cenizas.

No soy muy popular en la Academia, saben que soy medio sangrón e individualista y mis hermanos de la casa no estudian ahí, de modo que estuve solo un buen rato en la barra. Pidiendo una y luego otra. Fue cuando vi a la Japonesa Porno sentada con la Risueña Japonesa, solas, riendo descaradamente de alguna situación, cosa que invadió de curiosidad todo mi delgado ser. Las estuve observando un momento, mientras bebía un poco más. En el momento en que su amiga se levantó para ir al baño, vi mi oportunidad de oro y con valentía me acerqué.

- ¡Hola! – saludé cortesmente, aunque en mi mente le dijese al mismo tiempo: ¡Hola japonecita porno!

- ¡Hey! ¡Agapo!

- ¿Qué tomas? – Pregunté.

- ¿Cerveza y tú?

- También.

- ¡Oh! ¡Estas fumando!- observó

- ¿Quieres uno?

- No, gracias. No sé fumar- contestó un tanto resignada.

- ¡Yo te enseño!

- Mh...No estoy segura. – Respondió sonriendo.

- ¡Anda! ¡Prueba! ¡Yo te enseño!

Abrí mi cajetilla, tomé un cigarro y se lo di. Le expliqué ciertamente el proceso con mímica y se decidió a hacerlo. Fue cuando su boca se abrió para detener el cigarro con sus labios. Era una imagen real, provocadora, roja y violenta. Aquellos labios abriéndose, cediendo a mis palabras y recibiendo mi tentación. Kosué comenzó a fumar. Lo hizo pésimamente, pero sirvió para cortar el hielo. La Japonesa Risueña regresó del baño y se sentó sonriente en su lugar. También pidió un cigarro, aunque ella lo encendió y fumó con elegancia. Sin darnos cuenta, los cigarros se consumieron, la conversación fluyó y yo había bebido tres o cuatro cervezas más. Recordé en ese momento que tenía un compromiso con Julia y los de mi casa para despedir a Giovanni que al día siguiente regresaría a Venezuela, así que me disculpé un momento y bajé al primer nivel del Tokyo Bar a hablar por teléfono. Marqué al celular de Miguel (los siguientes diálogos son textuales dentro de mi embriaguez, así que perdonarás el vocabulario):

- ¡Güey! ¡Amo a la Japonecita Porno!

- ¿En dónde estás, cabrón? Te estamos esperando desde hace rato.

- Con la japonecita.

- ¿Qué japonecita?

- ¡Güey! ¡La japonecita!

- Ya, cabrón. ¿En dónde estás? Andas borracho, ¿verdad?

- No, ando con la japonecita.

Colgué el teléfono y subí de nuevo a la terraza del bar. Ahí estaba Kosué, mi japonesa: ahora sola, con sus gloriosas piernas cruzadas, paciente, esperándome. La Risueña Japonesa se había sumado a otro grupo de personas y yo lo tomé como toda una señal. Me senté a su lado más cerca que anteriormente. Mi pierna izquierda estaba completamente unida a su modelada pierna derecha. Posé mi brazo izquierdo detrás de su espalda, aún sin abrazarla y le sonreí. Me sonrió de regreso y pensé:

-       Ya chingué.

Pero en cambio le dije:

- Salud!- mientras chocábamos los cascos de las botellas y volvíamos reír de la nada.

Continuamos conversando y bebiendo. Sus labios me tenían desquiciado. Su cuello me había trastornado y sus hombros desnudos alimentaban mi deseo. Dos cervezas más. Una para ella y otra para mi. Que nunca terminara el alcohol. Aún tenía la cita con Giovanni y compañía, así que volví a levantarme. Bajé y marqué a Miguel.

- ¡Güey! ¡Amo a la Japonecita Porno!

- ¡Ya cabrón! ¡¿En dónde estás?!

- Aquí, con la japonecita.

- ¿Aquí, dónde, qué japonecita, cómo que porno? ¿Vas a venir o no?

- ¡Sí. Sí. Sí!

- Pues ya vente.

- ¿Güey?

- ¿Sí?

- ¡La japonecita!

Colgué otra vez. Me dirigí nuevamente al segundo nivel. Estaba chiflado. La vida era una broma. Estaba bebiendo con la mujer más sensual que mis ojos tapatíos hubieran visto jamás y sabía que era cuestión de tiempo para besarla. Esos labios, ¡serían míos! Tal pensamiento me ponía nervioso, a la vez que la adrenalina me había inundado el cuerpo. Eso justificaba mi conducta de catrín. Volví a sentarme a su lado, piernas juntas. Ahora pasé mi mano izquierda detrás de su espalda en un abrazo real y con mi otro brazo tomé su mano. Ella cedió. Era magnífico estar así. Mi Sailor Moon, abrazada a mi, mientras reíamos de boberías tomados de la mano. Viviendo y bebiendo en un bar de Montreal. Yo tenía 22 años y ella 19. Sabíamos hablar inglés. Yo era de México y ella de Japón. Conforme mis palabras transcurrían, mis labios se acercaban más y más a los suyos. Podía sentir la suavidad de su piel y percibir su aroma a jardín. Cerca, tan cerca de ella, casi topándome con su nariz.

-       “Inge su má…”- me dije a mí mismo al mismo tiempo que decidí posar mis labios con los suyos y por fin besarla.

Qué beso. Apasionado, delicioso, carnal y temporal. Nos separamos, sonreímos y al mismo tiempo buscamos la botella de cerveza y dimos un hondo trago. Volteé a verla. El beso me había encantado. Era una fantasía de caricatura, adolescencia y pecaminosa. Volví a besarla. Ahora despacio, con calma, como quien disfruta un postre.

¡Oh no! ¡la cena de Giovanni! Un minuto por favor... Solté su mano, dije que no tardaba y casi corriendo bajé nuevamente, pero agarrándome muy bien del barandal. Tomé el teléfono y marqué al celular de Miguel:

- ¡Güey! ¡Amo a la japonecita!

- Ya pendejo, ¡Neta ya! ¿En dónde estás? Vas a venir ¿sí o no?

- Es que...¡güey!

- ¡¿Qué?!

- ¡La japonesa!

- ¡Ya vente pinche Agapo! ¡Te estamos esperando!

- ¿Y qué va a pasar con la japonesa?

- ¿Qué japonesa?

- La japonesa porno.

- ¿Qué japonesa porno?

- ¿Güey?

- ¿Sí?

- ¿¿Guey??

- ¿¿Sí??

- ¡¡¿¿¿GUEY???!!

- ¡¡¿¿¿QUÉ???!!

- ¿Pensaste que no te oía?

- Sí.

- Sí te oía, jajajajá.

- Pendejo.

- Espera, te marco...

Colgué. Sabía que Miguel se enojaría pero la japonesa me esperaba, de modo que tenía que subir con ella. Volví exactamente al mismo lugar y en la misma posición que me encontraba antes. Tomé su mano con plena libertad y pedimos otras dos cervezas. Cuando las terminamos, fijamos nuestros ojos en nuestros labios así que invitamos nuevamente a los besos a nuesta mesa. Mi destierro. Mi mala conducta. Liechtenstein. Encerrado en una pequeña ciudad de Europa sin poder salir a ningún lugar. Mi familia y mis amigos sin mí y yo sin aprender la lección. Pero si eran sólo ricos besos. ¿Me podré detener ante semejante cuerpo y ante semejantes labios tan carnívoros? ¿La noche continuaría en su departamento? ¿Cuáles eran sus sucias y japonesas intenciones? ¿Quitaría ella la inocencia al tímido e inocente Agapo? Pensé que no sería una buena idea continuar, pues ya cargaba con mucha culpa y el catolicismo de rancho de mi ciudad ya me tenía más que condenado al infierno. Decidí no avanzar más. Este sería mi último beso de la noche. Con mi mano derecha intenté tomar su cintura para separarla y buscar las palabras adecuadas para despedirme, pero debes recordar que yo no estaba del todo sobrio y en lugar de tocar su cintura, poseé mi mano entre sus dos piernas, más bien arriba (muy arriba) de su rodillas. Su movimiento fue brusco. Ella, asustada, me separó de un empujón y me dijo que no. Que por favor no continuara. Pedí disculpas, le dije que no había sido mi intención tocarla, pero por supuesto no me creyó. Me pidió un abrazo. Gustozo se lo dí. Nos separamos y sonreímos. Me dijo que quería regresarse con sus amigas, que si me importaba. No me importaba, por supuesto, ve. No hay problema y discúlpame de nuevo. Se alejó dejando su cerveza casi llena, la cual terminé.

Me sentía bien. Sin querer había logrado lo que había decidido, salirme de ese abrazo. Yo también me levanté y, ya sin correr, me dirigí al teléfono. Miguel no contestó, sino su contestadora del celular. Al siguiente día Miguel me iba a comentar que dejé un mensaje de ocho minutos en su teléfono en donde repetidamente yo decía “Japonesa Porno”y “la amo” y “te juro que no me fijé”. Colgué y me fui del bar, caminando colina arriba para tomar el metro. Iba más bien callado (bueno, tampoco había con quién hablar), sabía que al día siguiente la volvería a ver justo a mi lado en el salón de clases y sería algo incómodo. Iiiiinchee Japonecita.

Fue una larga caminata, pues el Tokyo Bar no es céntrico. Tomé el metro y bajé en la estación que Miguel me había mencionado. Me dirigí de nuevo al teléfono público porque de ahí no sabía para dónde caminar. Contestó Miguel.

- ¡Güey! La japone...

- ¡YA DEJATE DE MAMADAS! ¡¿VAS A VENIR O NO?!

- Ya estoy aquí.

- ¡¿En dónde?!

- En la estación del metro que quedamos.

- No es cierto, yo estoy aquí en el metro buscando a Julio.

- Pues yo también estoy aquí.

- ¡Ya güey!¡Ya no te voy a contestar el teléfono, pinche borracho!

 -¡Ya estoy aquí! Mira…, voy a levantar una mano.

Lo hice.

- ¡Ah! ¡Sí! Jajá, ya te vi.

- Yo a tí no.

- Acá, a tu izquierda.

- Ah, ¡simón!

- ¡Qué pedo güey!

- ¡Qué hay!

- Ahorita nos vemos.

- Simón.

- En un rato más.

- Ya estás.

- Muy bien.

- Nos vemos.

- Bye.

Colgamos. Caminamos cuatro pasos cada quien y nos saludamos con un buen apretón de manos.