sábado, 11 de mayo de 2013

Carta 10


Cartas en Montreal X

QUE TRATA DE LOS NUEVOS ACONTECIMIENTOS SURGIDOS EN LA CASA DEL BIG JEAN, MIENTRAS QUE AGAPO BUENDÍA APORTA PALABRAS NUEVAS AL BELLO IDIOMA FRANCÉS Y SE DESPIDE DE DANIELA.


Comenzaron formalmente mis clases de francés. Dado que mi salón es de principiantes, este primer día vimos lo estrictamente básico: el alfabeto, los números y los colores. Por la tarde vimos las imágenes de frutas y verduras para aprender sus nombres y yo me sentía seriamente frustrado. Supongo mis compañeros tenían al menos cierta noción de este bello idioma, pues decían el nombre en francés de la manzana, las uvas, la pera o el mango cuando dicha figura aparecía en el pizarrón. Yo era el único que no había contestado nada. Ni estornudado, siquiera. Nada más ahí estaba escuchando y aprendiendo. Cuando apareció la figura de el plátano, de inmediato pensé “¡Ya chingué, ésta si la contesto!” Como no podía arriesgar a que me ganaran la única respuesta que en toda la tarde iba a saber, me levanté de la silla, emocionado, moviendo los brazos y arrebatando la palabra a los demás, grité con el mismo tono triunfal que Cristobal Colón gritó ¡América! De pié, seguro, contento y listo, alcancé a decir:

-       ¡LE PLATANEÉ!

Cabe decir que plátano en francés se dice “une banane”. La mirada de espanto de mi maestra era la misma de Shelley Duvall en el Resplandor tras escuchar el “Here is Johnny” de Jack Nicholson. Las risas de mis compañeros mexicanos eran tan fuertes porque comprendían de dónde provenía tal error, a diferencia de mi maestra y las múltiples japonesas. Yo estaba triste. ¿Para qué me ponían a estudiar francés? ¿No era yo un simple escritor que había nacido en la época equivocada y que nada comprendía? Yo sólo aspiraba a ser amado y aceptado en esta vida, no a hablar francés. No se rían más, por favor.

Le plataneé… No jodas, Agapo.

Mi nuevo salón es grande y variado. Hay muchas japonesas que me saludan con tímidas risitas educadas. Mexicanas, mexicanos, como siempre. Nao, un japonés con cara de balón de Básquet Ball, tan grande es su cabeza y Andy, un señor canadiense que es director de una fábrica. Desde que supe su nombre, me vi en la enorme necesidad de decirle “Andy Pandy”. Descnozco la razón, pero se presentó y esas dos palabras no dejaban de existir en mi cerebro de forma obsesiva. No fue hasta el descanso cuando conversaba con Natalia acerca de Daniela y Karla, cuando Andy pasó hacia el comedor y comenté a Natalia.

-       Por favor, acompáñame con ese señor, se llama Andy.

-       ¿Para qué quieres ir?

-       ¡Necesito decirle Andy Pandy!

-       Pero… ¡¿por qué?!

-       ¡Porque se llama Andy!

-       Pero… ¿Cómo? – Preguntaba muy confusa. Y ciertamente no tenía sentido, pero tuve que ir a encararlo.

Llegué al comedor, midiéndolo, lentamente, con astucia, como si preparara un asesinato. Andy terminó de recoger sus monedas de la máquina despachadora y se volteó, encontrándome de frente.

-       Oh… ¡Agapo!

-       Hi Andy.

-       What are you doing?

-       Nothing, just here…

-       Good… – respondió queriéndose retirar. Pero interrumpí su paso.

-       Andy?

-       Yes? What can i do for you? – dijo algo molesto.

-       Andy Pandy!

Di media vuelta y regresé con Natalia más contento que niño en la feria. Natalia me esperaba observando toda la escena sin comprender la importancia del asunto.

-       ¡Ya! ¡Por fin! Ya puedo descansar.

-       ¿Qué acaba de pasar?

-       Jamás lo comprenderías, me entran obsesiones, ya está resuelto.

-       A alguien se le cayó un tornillo – dijo.

-       Pues sí- dije.

Volvimos a clase. Andy se sentó con cuidado, observándome de lejos como se observa a un vendedor de biblias. Yo me acomodé en mi lugar y sonreí a las japonecitas que me regalaron sus amables risitas. Más de francés. El esfuerzo es enorme, comienzo a sudar al intentar hablarlo. Con el inglés nunca me pasó así. Lo hablaba (bien o mal) pero nunca sufrí tanto. También es cierto que la pronunciación, y el inglés en general, es demasiado fácil en comparación con el francés, pero me está gustando este romántico idioma.

Salimos de clase y busqué a Natalia que me dijo me esperaría para ir al cine, pero no pude encontrarla. Fui al comedor, crucé tres pasillos y nada. Decidí irme a los elevadores para ya irme de una buena vez, por absolutamente todo el día había estado en la Academia. Llegué y ahí estaba Daniela, esperando su elevador. Estaba sola, como siempre había querido encontrarla. Era su estado perfecto.

-   Quiobole mi Ellen Page- dije en tono elegante.

-   ¿Ellen Page? – preguntó.

-   Sí, las encuentro parecidas. Desde que te conocí te me figuraste.

-   Bueno, está bien, ella es guapa –sonrió.

-   Muy guapa –corregí.

Entramos al elevador y pasaron eternos segundos en silencio. Daniela lo interrumpió:

-   Escucha, Agapo, lo siento. Me hubiera gustado que funcionara nuestra amistad.

-   Está bien, no te preocupes. Fue tu decisión, yo no te hice nada.

-   Espero me comprendas, estamos tan solas acá, lejos de casa, con gente extraña, sin nadie que nos cuide, mis papás me advirtieron tanto que soy más bien paranóica.

-   Esta bien Daniela, no te preocupes.

-   Hoy es mi último día y no me gustaría irme así, siento que no fui lo suficientemente sincera, me hubiera gustado que…

-   Daniela, mira…

El elevador se detuvo en el Lobby, las puertas se abrieron, salimos y continué:

-   Sin conocerme me juzgaste de lo más duro. Yo sólo fui amable contigo y tú no te molestaste por al menos saber quién soy. Ahorrate la disculpa, no me interesa.

-    Agapo, no te pongas así.

-    Te lo juro, me da igual. Quédate, vete, me da igual.

-    Bueno, pues que lástima que…

-    Pues sí, que lastima… - interrumpí su sermón dramático en el que al final nuevamente sería yo culpable.

Seguí caminando, aceleré el paso y no volteé atrás. Fue la última vez que la vi.

Llegando a casa me enteré que algunas cosas se pusieron al rojo vivo, pues resulta - según me platicó Veder (Siria) y más tarde me lo confirmó Mr. Jean- que Sergio (el poblano de la historia pseudograciosa) se fue de la casa e incluso regresó a México porque su novio oficial lo descubrió en un bar con su movidilla. O movidillo, ya no sé. Así que se armó un pleito color gay en el que Sergio, con el corazón y la cara -por los arañazos y pellizcos- destrozados, se marchó. De modo que por el momento quedamos once en la casa del Big Jean.

Me vi en la noche con Natalia en el cine. Es la segunda noche consecutiva que vamos (Mr. Deeds y ahora Men in Black II) y la pasamos bastante bien. Antes de iniciar la función, ya sentados, me disparó:

-       Te vi hablando con Daniela, ¿En qué habíamos quedado?

-       ¿En qué?- Me hice.

-       En que íbamos a salir, que poco a poco y así, pero que dejaras de hablar con ella.

Me encantó lo de “que poco a poco y así” pero en vez de mencionarlo, espeté:

-       Lo tengo prestente Nati, no se me olvida.

-       No mames Agapo, no me digas Nati.

-       De acuerdo- respondí y enseguida tomé su mano.

Nati Pandy, pensé.

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